Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 30 de octubre de 2016

Un amigo peligroso

Durante un año y medio he vivido con un amigo íntimo llamado Lorenzo Falcó. Y a estas alturas lo sé todo de él. O casi todo, pues no estoy seguro de que nuestra relación haya terminado aún. Intuyo que volverá. El fulano es un tipo peculiar, del género peligroso; y el mayor desafío, durante todo este tiempo, ha sido convencer a los posibles lectores de que lo admitan como personaje. Como compañía durante trescientas páginas. Y no crean que fue fácil, oigan. Intentarlo. 

Pónganse en mi lugar. De ocho a diez horas diarias, durante meses y meses. Dale que te pego a la imaginación, al material de trabajo y a la tecla. Lleva su tiempo, se lo aseguro, convertir en alguien aceptable, incluso atractivo, a un personaje como ése. A favor del asunto contaba con que se trata de un sujeto de treinta y tantos años bastante guapo, apuesto, simpático, elegante, de sonrisa devastadora, de ésos a los que las mujeres hermosas o inteligentes conceden siempre cinco segundos de prórroga, o de oportunidad, tras mirarlos por primera vez. En contra del personaje, sin embargo, jugaban otros factores de peso: chico de buena familia en plan bala perdida, sin escrúpulos, golfo, cínico, mujeriego, amoral, asesino cuando se tercia, sin hacerle ascos ni al tabaco, ni a la bebida, ni a otros productos más o menos estimulantes. De cafiaspirinas para arriba. Cosas así. 

La ambientación tuvo también sus dimes y diretes. La verdad es que los tiempos que corren no son propicios a cierta clase de historias, donde no hay aventura imaginable sin pantallas de ordenador, drones, teléfonos móviles y toda esa maldita y vulgar quincalla tecnológica. Ni siquiera los malos de las pelis o los libros son ya lo que eran. Pero, en fin. Qué quieren que les diga. Yo soy lector, e incluso espectador de cine, de la vieja escuela. O para ser más exactos, soy un lector que accidentalmente, por pura necesidad práctica, escribe novelas como las que le gustaría leer. Escribo en defensa propia. Así que, para ambientar las peripecias de mi amigo Lorenzo Falcó, decidí irme hacia atrás en el tiempo. Buscarle escenarios donde todavía las cosas tuvieran su puntito. Su encanto. 

Contaba a mi favor un aspecto práctico. Hace años, durante la escritura de El tango de la Guardia Vieja, me asomé en profundidad al mundo de la Europa de los años 30, y de aquel trabajo conservaba intacto mucho material y unas cuantas ideas no desarrolladas; porque las novelas tienen su propia disciplina interna, y en ellas no cabe todo lo que a uno se le ocurre. Me quedó pendiente el runrún de los hoteles de lujo, los grandes expresos europeos, el glamour hoy perdido de ciertos hombres y mujeres de entonces, en contraste con el lado sórdido y oscuro de aquella Europa turbulenta, dislocada por fascismos, nazismos y comunismos, que se encaminaba ciega hacia el desastre. De modo que elegí ese doble mundo y ese fascinante momento histórico para situar a mi personaje: un sinvergüenza de buena familia jerezana, expulsado de la academia naval por liarse con la mujer de un profesor, ex traficante de armas, reclutado en los Balcanes por los servicios de inteligencia españoles, agente y espía de muy reducidas lealtades que recorre esa intensa geografía de drama y aventura teniendo muy claro que en el mundo convulso donde vive, actúa y mata, hay dos bandos perfectamente definidos: a un lado el suyo propio, y al otro todos los demás. 

Espero haberlo conseguido. Lo intenté, al menos. Confío en que tantos meses de trabajo, tantas lecturas y cuadernos de notas, tantas viejas películas vistas, tantos recuerdos de familia, tantos viajes a los lugares donde se desarrollan los hechos de la novela, tantas noches imaginando antes de dormir lo que escribiría a la mañana siguiente, hayan logrado su segundo objetivo: seducir a quien lea esa historia, obligándolo a acompañarme por ella hasta el final. En cuanto al primer objetivo, ya está conseguido. Algunos escribimos novelas para ser felices, seguir jugando como cuando éramos niños, reescribir los libros que amamos a la nueva luz de nuestras propias vidas. Para asegurarnos un largo y grato período de satisfacción personal, de libros que jamás uno leería de no trabajar en lo que trabaja, de experiencias y puntos de vista que se acumulan a medida que todo progresa. Nadie es el mismo al empezar un libro que al terminarlo, sea como lector o como escritor. Gracias a Lorenzo Falcó, como a todos sus predecesores, también yo he cambiado en este largo tiempo vivido junto a él. Y ahora nos despedimos ante la puerta de un antiguo hotel de lujo, en Estoril. Estrecho su mano y pongo a disposición de ustedes su vida y su sonrisa. 

30 de octubre de 2016

domingo, 23 de octubre de 2016

Una historia de España (LXXIII)

Del 17 al 18 de julio, la sublevación militar iniciada en Melilla se extendió al resto de plazas africanas y a la península con el apoyo civil de carlistas y falangistas. De 53 guarniciones militares, 44 dieron el cante. Entre quienes llevaban uniforme, algunos se echaron para adelante con entusiasmo, otros de mala gana y otros se negaron en redondo (en contra de lo que suele contarse, una parte del ejército y de la Guardia Civil permaneció fiel a la República). Pero el cuartelazo se llevó a cabo, como ordenaban las instrucciones del general Mola, sin paños calientes. Allí donde triunfó el golpe, jefes, oficiales y soldados que no se sumaron a la rebelión, incluso indecisos, fueron apresados y fusilados en el acto —”pasados por las armas” era el delicioso eufemismo— o en los días siguientes. En las listas negras empezaron a tacharse nombres vía cárcel, cuneta o paredón. Militares desafectos o tibios, políticos, sindicalistas, gente señalada por sus ideas de izquierda, empezó a pasar por la máquina de picar carne. La represión de cuanto olía a República fue deliberada desde el primer momento, fría e implacable; se trataba de aterrorizar y paralizar al adversario. Que, por su parte, reaccionó con notable rapidez y eficacia, dentro del caos reinante.La pequeña parte del ejército que permaneció fiel a la República, militares profesionales apoyados por milicias obreras y campesinas armadas a toda prisa, mal organizadas pero resueltas a combatir con entusiasmo a los golpistas, resultó clave en aquellos días decisivos, pues se opuso con firmeza a la rebelión y la aplastó en media península. En Barcelona, en Oviedo, en Madrid, en Valencia, en la mitad de Andalucía, la sublevación fracasó; y muchos rebeldes, que no esperaban tanta resistencia popular, quedaron aislados y en su mayor parte acabaron palmando —ahí se hacían pocos prisioneros—. Cuatro días después, lo que iba a ser un golpe de estado rápido y brutal, visto y no visto, se empezó a estancar. Las cosas no eran tan fáciles como en el papel. Sobre el 21 de julio, España ya estaba partida en dos. El gobiemo republicano conservaba el control de las principales zonas industriales —los obreros, batiéndose duro, habían sido decisivos— y una buena parte de las zonas agrícolas, casi toda la costa cantábrica y casi todo el litoral mediterráneo, así como la mayor parte de la flota y las principales bases aéreas y aeródromos. Pero en las zonas que los rebeldes controlaban, y a partir de ellas, éstos se movían con rapidez, dureza y eficacia. Gracias a la ayuda técnica, aviones y demás, que alemanes e italianos —cuya tecla habían pulsado los golpistas antes de tirarse a la piscina— prestaron desde el primer momento, los legionarios del Tercio y los moros de Regulares empezaron a llegar desde las guarniciones del norte de África, y las columnas rebeldes aseguraron posiciones y avanzaron hacia los centros de resistencia más próximos. Se enfrentaban así eficacia y competencia militar, de una parte, contra entusiasmo popular y ganas de pelear de la otra; hasta el punto de que, a fuerza de cojones y escopetazos, ambas fuerzas tan diferentes llegaron a equilibrarse en aquellos primeros momentos. Lo que dice mucho, si no de la preparación, sí de la firmeza combativa de las izquierdas y su parte correspondiente de pueblo armado. Empezó así la primera de las tres fases en las que iba a desarrollarse aquella guerra civil que ya estaba a punto de nieve: la de consolidación y estabilización de las dos zonas, que se prolongaría hasta finales de año con el frustrado intento de los sublevados por tomar Madrid (la segunda fase, hasta diciembre de 1938, fue ya una guerra de frentes y trincheras; y la tercera, la descomposición republicana y las ofensivas finales de las tropas rebeldes). Los sublevados, que apelaban a los valores cristianos y patrióticos frente a la barbarie marxista, empezaron a llamarse a sí mismos “tropas nacionales”, y en la terminología general quedó este término para ellos, así como el de “rojos” para los republicanos. Pero el problema principal era que esa división en dos zonas, roja y nacional, no correspondía exactamente con quienes estaban en ellas. Había gente de izquierdas en zona nacional y gente de derechas en zona roja. Incluso soldados de ambos bandos estaban donde les había tocado, no donde habrían querido estar. También gente ajena a unos y otros, a la que aquel sangriento disparate pillaba en medio. Y entonces, apelando al verdugo y al inquisidor que siglos de historia infame nos habían dejado en las venas, los que tenían las armas en una y otra zona se aplicaron, con criminal entusiasmo, a la tarea de clarificar el paisaje.

[Continuará]

23 de octubre de 2016

domingo, 16 de octubre de 2016

La madrina de guerra

En los últimos días me ha venido a la memoria una historia familiar que tal vez les apetezca que les cuente. Ocurrió en plena Guerra Civil, a finales de 1938 y en Los Dolores, un pueblecito próximo a Cartagena, zona republicana, donde algunos jovencitos de ambos sexos habían sido enviados por sus familias para mantenerlos a salvo de los duros bombardeos que por aquellos tiempos asolaban la ciudad. Era aquél un grupo de adolescentes entre los catorce y los dieciséis años, entre los que había tres o cuatro chicas guapas. Solían sentarse todos al atardecer bajo los porches de la panadería, para hablar de sus cosas. Eran muchachos más o menos afortunados, pues su contacto con la tragedia era limitado: recuerdo de alborotos y disparos en las calles al principio del conflicto, retumbar de bombas que por la noche recortaban entre resplandores, a lo lejos, las colinas que circundaban la ciudad, partes de guerra oídos en la radio, camiones con milicianos de mono azul y soldados de caqui que pasaban con frecuencia por la carretera. Éste era su principal entretenimiento. Se sentaban allí a verlos pasar polvorientos y cansados, y levantaban el puño respondiendo a sus saludos, cuando desde los camiones gritaban piropos a las chicas. A veces los oían cantar A las barricadas o La Internacional

Durante un par de días, por alguna razón que nunca llegaron a conocer o no recuerdan, una de aquellas compañías de soldados se detuvo allí. Era gente disciplinada, con oficiales jóvenes y educados. A los chicos de la pandilla les impresionaban sus uniformes, sus correajes y sus pistolas. Algunas veces conversaron con ellos bajo el porche de la panadería. Naturalmente, las jovencitas llamaban la atención de los militares, y entre ellas y los oficiales se entabló un coqueteo simpático e inocente. Era muy común entonces, tanto en el bando nacional como en el republicano, la costumbre de la llamada madrina de guerra. Eso nada tenía que ver con el noviazgo. Para los soldados del frente, la madrina era una mujer joven o mayor, soltera o casada, que le enviaba cartas para animarlo, paquetes con comida, calcetines de lana tejidos por ella y cosas así. A veces sólo le daba una fotografía para que el soldado la llevara consigo en los peligros y se la mostrara a los compañeros. Una especie de amuleto de la buena suerte. 

La más joven de las chicas del grupo se llamaba Lolita. Tenía sólo catorce años, pero era muy guapa, y para su edad estaba espléndidamente desarrollada. Uno de los oficiales, un joven teniente moreno y con grandes ojos negros, le preguntó, medio en broma, si quería ser su madrina de guerra. Y ella, por supuesto, dijo que sí. «Tendrás entonces que darme una foto tuya», dijo el oficial. «Está bien», respondió la chica. Así que corrió a su casa y regresó con una fotografía. Cuando se la puso en las manos al oficial, éste miró la foto, la miró a ella y volvió a mirar la foto, primero sorprendido y luego con una sonrisa. «¿Qué edad tenías cuando te la hicieron?», preguntó. «Un año y medio», respondió ella. El joven aún sonreía cuando guardó cuidadosamente en su cartera la imagen de un bebé sentado en un almohadón, con un lazo enorme en la cabeza, chupándose un dedo. Y aquella misma noche, él y sus soldados se marcharon al frente. 

Lolita no volvió a saber nada de su ahijado de guerra. Pasaron los años. Se convirtió en una mujer espléndida, que tenía novio. Había terminado sus estudios, hablaba un par de idiomas y trabajaba en una conocida agencia de viajes cuyas oficinas estaban en Cartagena, en la Muralla del Mar. Y un día, diez años después de la guerra, un hombre entró en la oficina y preguntó por ella. «¿Se acuerda usted de mí?», preguntó. Ella no se acordaba. Entonces él sacó de la cartera la foto algo ajada de Lolita con año y medio, chupándose el dedo. «Me acompañó toda la guerra, en cada trinchera y en cada combate. Su foto me dio suerte. Estoy de paso por Cartagena, la he buscado a usted mediante unos amigos y he venido a devolvérsela». Y dicho eso, le estrechó la mano, dio la vuelta y se marchó. 

Lolita todavía conserva esa vieja fotografía que durante un tiempo fue talismán de un soldado. Su ahijado de guerra. Ahora ella tiene 93 años, y cuando le pregunto si en 1938 era así de ingenua, si aquella foto del bebé fue un acto de inocencia o una travesura deliberada, se echa a reír. Y es la suya una risa melancólica, traviesa y feliz. 

Conozco bien esa risa, porque Lolita es mi madre. 

16 de octubre de 2016. 

domingo, 9 de octubre de 2016

Una historia de España (LXXII)

Y al fin, como se estaba viendo venir, llegó la tragedia y los votos se cambiaron por las armas. Un periódico de Cartagena sacó en primera página un titular que resumía bien el ambiente: «Cuánto cuento y cuánta mierda». Ése era el verdadero tono del asunto. En vísperas de las elecciones de principios de 1936, a las que las izquierdas, contra su costumbre, se presentaban por fin unidas en el llamado Frente Popular, el líder de la derecha, Gil Robles, había afirmado «Sociedad única y patria única. Al que quiera discutirlo hay que aplastarlo». Por su parte, Largo Caballero, líder del ala socialista radical, había sido aun más explícito e irresponsable: «Si ganan las derechas, tendremos que ir a una guerra civil declarada». Casi diez millones de los trece y pico millones de votantes (el 72 por ciento, que se dice pronto) fueron a las urnas: 4,7 millones votaron izquierdas y 4,4 millones votaron derechas. Diferencia escasa, o sea, 300.000 cochinos votos. Poca cosa, aunque el número de escaños, por la ley electoral, fue más de doble para los frentepopulistas. Eso echó a la calle, entusiasmados, a sus partidarios. Habían ganado las izquierdas. Así que quienes decidieron ir a la guerra civil, con las mismas ganas, fueron los otros. Mientras Manuel Azaña recibía el encargo de formar gobierno, reactivando todas las reformas sociales y políticas anuladas o aparcadas en los últimos tiempos, la derecha se echó al monte. Banqueros de postín como Juan March, que a esas alturas ya habían puesto la pasta a buen recaudo en el extranjero, empezaron a ofrecerse para financiar un golpe de Estado como Dios manda, y algunos destacados generales contactaron discretamente con los gobiernos de Alemania e Italia para sondear cómo verían el sartenazo a la República. En toda España los militares leales y los descontentos se miraban unos a otros de reojo, y señalados jefes y oficiales empezaron a tomar café conspirando en voz cada vez más alta, sin apenas disimulo. Pero tampoco el gobierno se atrevía a poner del todo los pavos a la sombra, por no irritarlos más. Y por supuesto, desde el día siguiente de ganar las elecciones la unidad de la izquierda se había ido al carajo. La demagogia alternaba con la irresponsabilidad y la chulería. Con casi 900.000 obreros y campesinos en paro y con hambre, la economía hecha trizas, el capital acojonado, la mediana y pequeña burguesía inquieta, los más previsores largándose –quienes podían– al verlas venir, la calle revuelta y el pistolerismo de ambos bandos ajustando cuentas en cada esquina, el ambiente se pudría con rapidez. Aquello apestaba a pólvora y a sangre. El político Calvo Sotelo, que estaba desplazando a Gil Robles al frente de la derecha, dijo en las Cortes eso de «Cuando las hordas rojas avanzan, sólo se les conoce un freno: la fuerza del Estado y la transfusión de las virtudes militares: obediencia, disciplina y jerarquía. Por eso invoco al Ejército». Cualquier pretexto casual o buscado era bueno. Faltaba la chispa detonadora, y ésta llegó el 12 de julio. Ese día, pistoleros falangistas –el jefe, José Antonio, estaba encarcelado por esas fechas, pero seguían actuando sus escuadras– le dieron matarile al teniente Castillo, un conocido socialista que era oficial de la guardia de Asalto. Para agradecer el detalle, algunos subordinados y compañeros del finado secuestraron y asesinaron a Calvo Sotelo, y Gil Robles se les escapó por los pelos. La foto de Calvo Sotelo hecho un cristo, fiambre sobre una mesa de la morgue, conmocionó a toda España. «Este atentado es la guerra», tituló El Socialista. Y vaya si lo era, aunque si no hubiera sido ése habría sido cualquier otro -cuando te toca, ni aunque te quites, como dicen en México-. Por aquellas fechas del verano, todo el pescado estaba vendido. Unas maniobras militares en Marruecos sirvieron para engrasar los mecanismos del golpe que, desde Pamplona y con apoyo de importantes elementos carlistas, coordinaba el general Emilio Mola Vidal, en comunicación con otros espadones entre los que se contaban el contumaz golpista general Sanjurjo y el respetado general Franco. En vísperas de la sublevación, prevista para el 17 de julio, Mola –un tipo inteligente, duro y frío como la madre que lo parió– había preparado listas de personalidades militares, políticas y sindicales a detener y fusilar. El plan era un golpe rápido que tumbase a la República e instaurase una dictadura militar. «La acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo», escribió a los conjurados. Nadie esperaba que esa acción puntual en extremo violenta fuera a convertirse en una feroz guerra de tres años. 

[Continuará]

9 de octubre de 2016

domingo, 2 de octubre de 2016

No siempre limpia y da esplendor

Este artículo de hoy es una disculpa y una confesión de impotencia. Durante los trece años que llevo en la Real Academia Española he recibido, como otros compañeros, numerosos comentarios, sugerencias y peticiones de ayuda. Se nos han enviado repetidas muestras de disparates lingüísticos vinculados a la política, al feminismo radical, a la incultura, a la demagogia políticamente correcta o a la simple estupidez; de todo aquello que, contrario al sentido común de una lengua hermosa y sabia como la castellana, la ensucia y envilece. Y debo decir, en honor a la Academia, que a lo largo de todo ese tiempo he asistido a muchos intentos por ayudar a quienes piden consejo o amparo ante la estupidez, la arbitrariedad y el despropósito. Por dar respuesta eficaz a las quejas de ciudadanos indignados con el maltrato que de la lengua se hace en medios informativos y televisiones, apoyar a padres a cuyos hijos se impide estudiar en castellano, orientar a funcionarios de autonomías donde las autoridades locales imponen disparates que violentan el sentido común, o defender a quienes son víctimas de acoso por no pretender sino ejercer su derecho a hablar y escribir con propiedad la lengua española.

Sin embargo, muy rara vez la Academia ha hecho oír en público la voz de su autoridad. Sólo recuerdo un caso en trece años, pese a que cada denuncia, cada sugerencia razonable, ha sido llevada a los plenos de los jueves por algunos de nosotros pidiendo intervenciones menos discretas y más contundentes. El último debate fue antes del verano, cuando funcionarios y profesores andaluces pidieron amparo ante unas nuevas normas que pueden obligar a los profesores, en clase, a utilizar el ridículo desdoblamiento de género que, excepto algunos políticos demagogos y algunos imbéciles, nadie utiliza en el habla real. Eso nos llevó en la RAE a un animado debate, en el que algunos, incluido el director, nos mostramos partidarios de escribir una carta a la Junta de Andalucía para señalar ese despropósito. Pero la iniciativa, cual todas las anteriores sobre esta materia, no salió adelante. La Academia, como tantas otras veces, volvió a guardar silencio.

Esto requiere una explicación. En la Academia, los acuerdos se toman por unanimidad o mayoría; pero allí, como en otros lugares, hay de todo. Eso incluye a acomplejados y timoratos. Es mucha la presión exterior, y eso lo comprendes. No todo el mundo es capaz de afrontar consecuencias en forma de etiqueta machista, o verse acosado por el matonismo ultrafeminista radical, que exige sumisión a sus delirios lingüísticos bajo pena de duras campañas por parte de palmeros y sicarios analfabetos en las redes sociales. Lo notas en las miradas cómplices o aprobatorias cuando planteas algo conflictivo, miradas que luego contrastan con los silencios a la hora de mojarse o de votar. «Para qué nos vamos a meter en política», argumenta alguno, para quien meterse en política es todo aquello que nos lleve a opinar en público. Incluso la iniciativa –hasta hoy frustrada– de que la RAE presente y difunda un informe anual sobre el estado de la lengua, la consideran injerencia.

El único ejemplo reciente de coraje público lo dimos cuando Ignacio Bosque, quizá nuestro más brillante compañero, presentó su famoso informe contra la estupidez de género y génera. Aun así, el profesor Bosque lo hizo como iniciativa personal, y algunos académicos se negaban a refrendarlo hasta que tuvieron que plegarse a la mayoría. Aquello era, apuntaban como siempre, «meternos en política».

Y es que, como dije antes, en la RAE hay de todo. Gente noble y valiente y gente que no lo es. Académicos hombres y mujeres de altísimo nivel, y también, como en todas partes, algún tonto del ciruelo y alguna talibancita tonta de la pepitilla. En Felipe IV sigue cumpliéndose aquel viejo dicho: hay académicos que dan lustre a la RAE, y otros a los que la RAE da lustre. Que acabaron ahí por carambolas, cuotas o azares, y deben a la Academia buena parte de lo que son, o aparentan ser, ahora.

Pero en fin. Unos cuantos académicos lo seguiremos intentando. La RAE lo merece: notario de la lengua española y vértebra capital de una patria de 500 millones de hispanohablantes cuya bandera es El Quijote. A veces, es cierto, en episodios como los que acabo de narrar, apetece coger la puerta e irse; pero no es cosa de regalar esa satisfacción. Mejor seguir dentro dando por saco, peleando por el sentido común, llamando cada jueves pusilánimes a los que lo son, y estúpidos a quienes creen que por meter la cabeza en un agujero no se les queda el culo al aire.

2 de octubre de 2016

domingo, 25 de septiembre de 2016

Una historia de España (LXXI)

En contra de lo que muchos creen, al empezar 1936 la Falange eran cuatro gatos. Falangistas de verdad, de lo que luego se llamaron camisas viejas, había pocos. Más tarde, con la sublevación de la derecha, la guerra y sobre todo la postguerra, con la apropiación que el franquismo hizo del asunto, aquello creció como la espuma. Pero al principio, como digo, los falangistas apenas tenían peso político. Eran marginales. Su ideología era abiertamente fascista, partidaria de un estado totalitario que liquidase parlamentos y otras mariconadas. Pero a diferencia de los nazis, que eran una pandilla de gángsters liderados por un psicópata y secundados con entusiasmo por un pueblo al que le encantaba delatar al vecino y marcar el paso, y también a diferencia de los fascistas italianos, cuyo jefe era un payaso megalómano con plumas de pavo real a quien Curzio Malaparte –que por un tiempo fue de su cuerda– definió con plena exactitud como «un gran imbécil», la Falange había sido fundada por José Antonio Primo de Rivera, hijo del dictador don Miguel. Y aquí había sus matices, porque José Antonio era abogado, culto, viajado, hablaba inglés y francés, y además era guapo, el tío, con una planta estupenda, que ante las jóvenes de derechas, y ante las no tan jóvenes, le daba un aura melancólica de héroe romántico; y ante los chicos de la burguesía y clases altas, de donde salió la mayor parte de los falangistas de la primera hora, lo marcaba con un encanto amistoso de clase y un aire de viril camaradería que los empujaba a seguirlo con entusiasmo; y más en aquella España donde los políticos tradicionales se estaban revelando tan irresponsables, oportunistas e infames como los que tenemos en 2016, sólo que entonces había más hambre e incultura que ahora, y además la gente llevaba pistola. Y aunque de todo había en derechas e izquierdas, o sea, clase alta, media y baja, podríamos apuntar, para aclararnos, que pese a sus esfuerzos la Falange nunca llegó a cuajar entre las clases populares, que la consideraban cosa de señoritos; y que en aquel 1936, que tanta cola iba a traer, lo mejor de la juventud española no es ya que estuviera dividida entre falangistas, carlistas, católicos y derechistas en general, de una parte, y socialistas, anarquistas y comunistas –éstos últimos también todavía minoritarios– de la otra, sino que tales jóvenes, fuertemente politizados, incluso compañeros de estudios o de pandilla de amigos, empezaban a matarse entre sí a tiro limpio, en la calle, con acciones, represalias y contrarrepresalias que aumentaban la presión en la olla. Hasta los estudiantes se enfrentaban, unos como falangistas y otros como miembros de la Federación Universitaria Española (FUE), de carácter marxista. Sobre todo los falangistas, duros y activos, estaban decididos a destruir el sistema político vigente para imponer un estado fascista. Eran agresivos y valientes, pero también lo eran los del bando opuesto; de modo que se sucedían las provocaciones, los tiroteos, los entierros, los desafíos y ajustes de cuentas. Había velatorios en las morgues donde se encontraban, junto a los féretros de sus muertos, jóvenes obreros socialistas y jóvenes falangistas. A veces se acercaban unos a otros a darse tabaco y mirarse de cerca, en trágicas treguas, antes de salir a la calle y matarse de nuevo. Derechas e izquierdas conspiraban sin rebozo, y sólo algunos pringados pronunciaban la palabra concordia. Los violentos y los asesinos seguían siendo minoritarios, pero hacían mucho ruido. Y ese ruido era aprovechado por los golfos que convertían las Cortes en un patio infame de reyertas, chulerías y amenazas. El desorden callejero crecía imparable, y los sucesivos gobiernos perdían el control del orden público por demagogia, indecisión, cobardía o parcialidad política. La llamada gente de orden estaba harta, y las izquierdas sostenían que sólo una revolución podía derribar aquella «república burguesa» a la que consideraban «tan represiva como la monarquía» (titulares de prensa). Unos se volvían hacia Alemania e Italia como solución y otros hacia la Unión Soviética, mientras los sensatos que miraban hacia las democracias de Gran Bretaña o Francia eran sofocados por el ruido y la furia. La pregunta que a esas alturas se hacían todos era si el siguiente golpe de Estado, el puntillazo a la maltrecha República, lo iban a dar las derechas o las izquierdas. Aquello se había convertido en una carrera hacia el abismo. Y cuando pita la locomotora de cualquier abismo, los españoles nunca perdemos la ocasión de subirnos al tren. 

[Continuará] 

25 de septiembre de 2016

domingo, 18 de septiembre de 2016

Aguas españolas

Creo haber dicho alguna vez que, cuando ya no puedo aguantar más este lugar al que algunos llamamos España, procuro mirarlo a través de una biblioteca a fin de comprender y hacer soportable, al menos, su enfermedad social, su vileza histórica y su continua desgracia. Quiero decir que recurro a los libros como explicación y como analgésico, y eso alivia mucho. Consuela, y ya es algo, pues la comprensión de las cosas ayuda a encajarlas. Sin embargo, hoy me pillan ustedes dándole a la tecla con la guardia baja, y debo confesar que cuando digo eso de la biblioteca no soy sincero del todo. Hay otros métodos analgésicos más elementales, querido Watson. Alguno es peligroso, porque tiene dos direcciones: lo mismo puede consolarte que cabrearte más. Pero así es la vida. Me refiero a ir por la calle, mirar y escuchar. Apoyarte en la barra de un bar y tender la oreja. Buscar la parte divertida, entrañable a veces, de lo que somos. O de cómo somos. Y eso, que tantas veces nos condena, nos salva otras. Cómo no vas a querer a estos fulanos, me digo a veces. Malditos españoles de las narices. Cómo no los vas a querer. 

Les cuento la penúltima. Después de varios días de mar y cielo echo el ancla en Formentera frente al Molí de la Sal, cinco metros de sonda y treinta y cinco de cadena, en un fondeadero magnífico que en invierno siempre encuentro desierto, pero que en verano se pone durante el día hasta las trancas. Estoy sentado en la popa leyendo por enésima vez Juventud de Joseph Conrad, y de vez en cuando alzo los ojos y miro alrededor, el va y viene de veleros y barcos a motor, las maniobras impecables de quienes saben lo que hacen y las chapuzas patosas de los domingueros irresponsables, como ese imbécil que llega, larga cinco metros de cadena hasta que el ancla toca el fondo, y acto seguido embarca en la zodiac con la familia y deja el barco a la deriva, pues garrea poco a poco y va siendo empujado por el levante hacia el mar abierto. Y yo miro alejarse el barco con objetiva curiosidad antes de volver a Conrad. Que se joda, pienso pasando una página. Que se joda. 

Entonces ocurre la cosa, y olvido el libro. Dos pequeñas motoras menorquinas con bandera española llegan juntas y fondean una cerca de la otra, próximas a mí. Las dos cargan a bordo familia, mujer, suegra, cuñados y niños. Como ocho o diez en cada barco. Una ha echado el ancla demasiado cerca de la proa de un yate inglés grande y lujoso, de esos que llevan media docena de marineros uniformados a bordo, y varios de éstos se asoman a decirle al de la lanchilla que está demasiado cerca, y que con el borneo se les puede ir encima. Se lo dicen a gritos, en inglés. Por supuesto, el de la motora –barriga cervecera, bermudas hawaianas, gorra fosforito, y estoy seguro de que se llama Paco, Pepe o Manolo– no habla una palabra de inglés, pero entiende los ademanes. Y ahí sale la raza. «Ni que os lo fuera a romper», les grita. Y luego, como los otros insisten y gesticulan, mientras tira de la lengüeta de una lata de cerveza les aclara jurídicamente el asunto. «Éstas son aguas españolas, y yo fondeo donde me sale de los cojones». 

Los marineros ingleses siguen protestando. El dueño del megayate, un fulano gordo con el pelo blanco, su señora –supongo– y dos criaturas jóvenes se han asomado a ver qué pasa. Y todo el grupo, dueño, familia, marineros, increpa desde la borda al español, que pegado a ellos, erguido en la popa de su lanchilla, impávido mientras su legítima abre los tuperwares y reparte bocadillos a la familia, se rasca los huevos con una mano y bebe cerveza con la otra mientras les dice a los súbditos de Su Majestad que no con la cabeza. «Que no, tíos. Que vais de culo conmigo. Que de aquí no me mueve ni la Guardia Civil». 

Pero lo mejor está por ocurrir. Porque el patrón de la otra motora que fondeó un poco más allá, o sea, el amigo del de la cerveza, que sin duda se llamará también Pepe, Paco o Manolo, ha visto la movida, y tras dejar allí a la familia viene solo, remando en un bote de goma a toda prisa, en socorro de su compadre. Y cuando llega, se interpone entre la lanchilla y el yate inglés, se pone de pie muy cabreado, y grita: «Lo que tenéis que hacer es devolvernos Gibraltar». Entonces el amigo de la lancha le pasa una cerveza, y acto seguido, ante los estupefactos ingleses, los dos compadres, como si estuvieran en el fútbol, se ponen a cantar: «Soy es-pa-ñol, es-pa-ñol, es-pa-ñol». 

Cómo no los vas a querer, me digo. A estos animales. Cómo no los vas a querer. 

18 de septiembre de 2016

domingo, 11 de septiembre de 2016

Una historia de España (LXX)

La Segunda República, que con tantas esperanzas populares había empezado, se vio atrapada en una trampa mortal de la que no podía salvarla ni un milagro. Demasiada injusticia sin resolver, demasiadas prisas, demasiado desequilibrio territorial, demasiada radicalización ideológica, demasiado político pescando en río revuelto, demasiadas ganas de ajustar cuentas y demasiado hijo de puta con pistola. El triángulo de las Bermudas estaba a punto: reformismo democrático republicano -el más débil-, revolución social internacional y reacción fascio-autoritaria, con estas dos últimas armándose hasta los dientes y resueltas, sin disimulos y gritándolo, a cambiar los votos por las armas. Los titulares de periódicos de la época, los entrecomillados de los discursos políticos, ponen los pelos de punta. A esas alturas, una república realmente parlamentaria y democrática les importaba a casi todos un carajo. Hasta Gil Robles, líder de la derechista y católica CEDA, dijo aquello de «La democracia no es para nosotros un fin, sino un medio para ir a la conquista de un Estado nuevo»; discurso que era, prácticamente, calcado al de socialistas y anarquistas –«Concordia? ¡No! ¡Guerra de clases!», titulaba El Socialista–. Sólo los comunistas, como de costumbre más fríos y profesionales –en ese tiempo todavía eran pocos–, se mostraban cautos para no alarmar a la peña, esperando disciplinados su ocasión, según les ordenaban desde Moscú. Y así, las voces sensatas y conciliadoras se iban acallando por impotencia o miedo bajo los gritos, los insultos, la chulería y las amenazas. Quienes hoy hablan de la Segunda República como de un edén social frustrado por el capricho de cuatro curas y generales no tienen ni puñetera idea de lo que pasó, ni han abierto un libro de Historia serio en su vida –como mucho leen los de Ángel Viñas o el payaso de Pío Moa–. Aquello era un polvorín con la mecha encendida y se mascaba la tragedia. Si el primer intento golpista había venido de la derecha, con el golpe frustrado del general Sanjurjo, el segundo, más grave y sangriento, vino de la izquierda, y se llamó revolución de Asturias. En octubre de 1934, mientras en Cataluña el presidente Companys proclamaba un Estado catalán que fue disuelto con prudente habilidad por el general Batet (años más tarde fusilado por los franquistas, que no le perdonaron esa prudencia), el PSOE y la UGT decretaron una huelga general contra el gobierno de entonces –centro derecha republicano con flecos populistas–, que fue sofocada por la declaración del estado de guerra y la intervención del ejército, encomendada al duro y prestigioso general (prestigio militar ganado como comandante del Tercio en las guerras de Marruecos) Francisco Franco Bahamonde, gallego por más señas. La cosa se resolvió con rapidez en todas partes menos en Asturias, donde las milicias de mineros socialistas apoyadas por grupos anarquistas y comunistas, sublevadas contra la legítima autoridad política republicana –quizá les suene a ustedes la frase– le echaron pelotas, barrieron a la Guardia Civil, ocuparon Gijón, Avilés y el centro de Oviedo, y en los ratos libres se cargaron a 34 sacerdotes y quemaron 58 iglesias, incluida la magnífica biblioteca del Seminario. El gobierno de la República mandó allá arriba a 15.000 soldados y 3.000 guardias civiles, incluidas tropas de choque de la Legión, fogueadas en África, y fuerzas de Regulares con oficiales europeos y tropa mora: lo mejor de cada casa. Aquello fue un ensayo general con público, orquesta y vestuario, de la Guerra Civil que ya traía de camino Telepizza; un prólogo dramático en el que los revolucionarios resistieron como fieras y los gubernamentales atacaron sin piedad, llegándose a pelear a la bayoneta en Oviedo, que quedó hecha cisco. Semana y media después, cuando acabó todo, habían muerto tres centenares de gubernamentales y más de un millar de revolucionarios, con una represión bestial que mandó a las cárceles a 30.000 detenidos. Aquello dio un pretexto estupendo al ala derechista republicana para perseguir a sus adversarios, incluido el encarcelamiento del ex presidente Manuel Azaña –popular intelectual de la izquierda culta–, que nada había tenido que ver con el cirio asturiano. La parte práctica fue que, después de Asturias, las izquierdas se convencieron de la necesidad de aparcar odios cainitas y presentarse a nuevas elecciones como un frente unido. Costó doce meses de paciencia y salivilla, pero al fin hubo razonable unidad en torno al llamado Frente Popular. Y así despedimos 1935 y recibimos con bailes, matasuegras y serpentinas el nuevo año. Feliz 1936. 

[Continuará]

11 de septiembre de 2016.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Sobre catedráticos y catedráticas

En este país donde todo disparate tiene su asiento y cada tonto su momento, hay semanas en las que te dan el trabajo hecho; momentos en los que bastan un lápiz para subrayar o un marcador fosforito para que el artículo se escriba solo, con más elocuencia de la que uno mismo podría ponerle. Y éste es uno de esos artículos. No pretendo que lo lean, claro. Bastará con que lo miren. Por encima. 

«Boletín oficial de la Región de Murcia. Viernes 29 de abril de 2016. Consejería de Educación y Universidades.

Resolución R-323/16 del Rectorado de la U. P. de Cartagena, por la que se convoca concurso de acceso al Cuerpo de Catedráticos y Catedráticas de Universidad (…) 

Este Rectorado resuelve convocar el correspondiente concurso de acceso, por el sistema de promoción interna, al Cuerpo de Catedráticos y catedráticas de Universidad de las plazas que se detallan en el anexo I (…) 

Requisitos de los candidatos y candidatas

2.1.- Requisitos generales comunes. 

a. Poseer la nacionalidad española, o la nacionalidad de alguno de los demás estados miembros de la Unión Europea. 

También podrán participar, cualquiera que sea su nacionalidad, el/la cónyuge de los españoles y españolas y de los (?) nacionales de otros estados miembros de la UE, siempre que no estén separados o separadas de derecho y sus descendientes y los (?) de su cónyuge, siempre que no estén separados o separadas de derecho, sean menores de veintiún años o mayores de dicha edad que vivan a sus expensas. 

Igualmente podrán participar las personas incluidas en el ámbito de aplicación de los Tratados internacionales celebrados por la Unión Europea y ratificados por España en los que sea de aplicación la libre circulación de trabajadores (?), en los términos definidos por la legislación de la Unión Europea. 

Por último, podrán participar los/las aspirantes de nacionalidad extranjera no comunitaria cuando en el Estado de su nacionalidad se reconozca a los españoles y españolas aptitud legal para ocupar en la docencia universitaria posiciones análogas a las de los funcionarios y funcionarias de los cuerpos docentes universitarios españoles. 

b. Tener cumplidos dieciséis años y no haber alcanzado la edad de jubilación. 

c. No haber sido separado o separada, mediante expediente disciplinario, del servicio de cualquiera de las Administraciones Públicas, ni hallarse inhabilitado o inhabilitada para el desempeño de las funciones públicas. En el caso de los (?) aspirantes que no ostenten la nacionalidad española, deberán acreditar, igualmente, no estar sometidos o sometidas a sanción disciplinaria o condena penal que impida, en su Estado, el acceso a la función pública. 

d. No padecer enfermedad ni estar afectado o afectada por limitación física o psíquica incompatible con el desempeño de las funciones correspondientes a los Cuerpos Docentes Universitarios. 

e. Poseer un conocimiento adecuado del idioma español para el desempeño de la labor docente e investigadora asignada; en su caso, se podrá exigir la superación de una prueba que lo acredite. Quedarán eximidos o eximidas de realizar la prueba quienes estén en posesión del diploma de español como lengua extranjera (nivel B2 o C2) regulado por el Real Decreto 1137/2002, de 31 octubre, o del certificado de nivel avanzado o equivalente en español para extranjeros (?), expedido por la administración educativa competente. 

f. Haber abonado los derechos de examen establecidos en la presente convocatoria o acreditar la exención del pago o bonificación. 

2.2.- Requisitos específicos: 

a. Ser funcionario o funcionaria del Cuerpo de Profesores y Profesoras Titulares de Universidad o de la Escala de Investigadores e Investigadoras Científicas (?) de los Organismos Públicos de Investigación y haber prestado, como mínimo, dos años de servicios efectivos bajo esta condición. 

b. Estar acreditado o acreditada para el cuerpo docente de catedráticos y catedráticas de Universidad. Se considera que posee la acreditación regulada en el Real Decreto 132/2007, de 5 octubre, el profesorado habilitado conforme a lo establecido en el Real Decreto 774/2002, de 26 de julio, por el que se regula, etc, etc». 

En fin. Les ahorro el resto del decreto; que sigue, hasta el final, del mismo tenor y tenora. Y es que, como dijo no recuerdo quién –o quizá fui yo mismo quien lo dijo– una ardilla podría cruzar España saltando de gilipollas en gilipollas, sin tocar el suelo. 

4 de septiembre de 2016 

domingo, 28 de agosto de 2016

El sombrero de paja

En el bar La Marina de Torrevieja, rincón marinero de toda la vida, me tomo una caña con Rafa, el dueño, y con Manolo, contramaestre del club náutico. Hay algún parroquiano más, de esos flacos y con tatuajes, de ojos descoloridos por el sol, inseparables de los puertos viejos y sabios, que tanto ayudan a mojar de espuma de cerveza, como Dios manda, un mostrador de mármol o de zinc. Se está bien aquí, charlando en este lugar que gracias al tesón y buen oficio de Rafa permanece intacto, a salvo del disparate urbanístico en el que gente sin escrúpulos convirtió el antiguo pueblo de pescadores, en las últimas décadas. 

Entre caña y caña sale el nombre del marinero Pepe. Murió hace poco, y me intereso por cómo ocurrió. Se trata de Pepe Vidal, en los últimos tiempos Pepe el del Onyx. Lo conocí cuando amarré aquí por primera vez hace veintidós años, y lo vi mucho en los pantalanes, primero como marinero y después jubilado, andando con pasos lentos y su eterno sombrero de paja camino del Onyx, la niña de sus ojos. El Onyx es un barco blanco y grande con un palo y una botavara enormes, de bandera alemana, feo como la madre que lo parió, que su propietario sólo saca a navegar un mes en verano. Y durante los once meses de amarre, el Onyx quedaba bajo el cuidado de Pepe, que cada mañana, temprano, con su andar tranquilo y su viejo sombrero de paja de ala ancha de pescador de toda la vida, acudía al barco para limpiarlo y tenerlo a punto, a son de mar y como los chorros del oro. 

Pepe era de ésos que embarcaron con doce o trece años, cuando una boca a alimentar en casa sobraba y era preciso salir muy pronto a buscarse la vida. Como muchos de su pueblo y generación, Pepe anduvo embarcado en pesqueros y en la mercante, y terminó recalando en el club náutico de Torrevieja con la colla de primeros marineros, veteranos hombres de mar, que luego se fueron retirando para dar paso a la gente joven. La pensión de jubilado, Pepe la redondeaba con lo de cuidar el Onyx. Sin embargo –lo vi innumerables veces a bordo– lo que él hacía allí iba más allá de las obligaciones contratadas. Era su vínculo con el mar. Aquel barco amarrado, donde durante once meses era único amo a bordo después de Dios, lo mantenía vivo, lúcido, activo. Vinculado a la navegación y a la historia de su propia vida. Por eso cada día, con su sombrero de paja y su paso tranquilo, Pepe cruzaba despacio los pantalanes para ir a cumplir con su deber. 

Manolo, el contramaestre, me cuenta cómo ocurrió. Él lo vio todo. Regresaba el Onyx de su navegación anual, y allá fueron a ayudarlo en el amarre los marineros del club, con Pepe entre ellos, pues no dejaba que nadie metiera mano sin estar supervisando él la maniobra. «Hubo una mala señal –dice Manolo–. Algo que nos hizo arrugar la boca. Tú sabes que la gente de mar somos supersticiosos, y Pepe, como viejo pescador y marinero, lo era más todavía. Estaba vigilando cómo cogíamos una estacha cuando una ráfaga de aire se llevó su sombrero de paja. Lo vi salir volando y pensé: mala cosa. Ya sabes que aquí damos importancia a esos detalles que traen mala suerte, como pisar las redes en tierra, que tu mujer barra hacia la calle cuando sales a la mar, embarcarse con el pie izquierdo y cosas así. Y fue eso lo que pensé: mala cosa. Pepe se quedó mirando el sombrero en el agua, lejos, como pensando lo mismo que yo, y se cruzaron nuestras miradas. Estaba muy serio y de pronto me pareció mucho más viejo. Como cansado de golpe. Entonces le dimos la estacha, subió a la cubierta del Onyx y allí cayó al suelo. Le había fallado el corazón. Murió en el hospital, al poco rato». 

Me despedí de Manolo y los otros, salí del bar La Marina y volví a mi barco de noche, caminando por el pantalán mientas recordaba la conversación. Sin apenas darme cuenta seguí hasta el extremo y me detuve junto a la enorme popa blanca que se destacaba en la penumbra. Estuve allí un rato inmóvil, mirándola, y al fin me pareció oír un vago rumor de pasos en la toldilla, y que una sombra tocada con un sombrero de paja se acodaba en la regala. Alcé una mano, absorto, y por un momento creí que la sombra también hacía lo mismo, respondiéndome. A diferencia de mucha gente de tierra adentro, quienes navegamos solemos creer en los barcos fantasmas y en sus tripulantes. Cosas de la mar, de los libros o de la vida. Ése es mi caso. Y ahora sé que cada noche, cuando pasee junto al Onyx en el puerto desierto y silencioso, la sombra de Pepe Vidal estará siempre apoyada en la regala, dispuesta a devolverme el saludo. 

28 de agosto de 2016 

domingo, 21 de agosto de 2016

Una historia de España (LXIX)

Entre los errores cometidos por la Segunda República, el más grave fue la confrontación con la Iglesia Católica. En vez de proceder a un desmantelamiento inteligente del inmenso poder que ésta seguía teniendo en España, apoyándose sobre todo en la educación escolar y la paciencia táctica, los gobiernos republicanos abordaron el asunto con prisas y torpes maneras, enajenándose los sentimientos religiosos de un sector importante de la sociedad española, desde los poderosos a los humildes: eliminación de procesiones de Semana Santa en varias ciudades y pueblos, cobrar impuestos a los entierros católicos y prohibición de tocar campanas para la misa, entre otras idioteces, encabronaron mucho a la peña practicante. Y al descontento conspirativo de cardenales, arzobispos y obispos se unía el de buena parte de los mandos militares, cuyos callos pisaba la República un día sí y otro también, perfilándose de ese modo un peligroso eje púlpitos-cuarteles que tendría nefastas consecuencias. La primera se llamó general Sanjurjo: un espadón algo bestia apoyado por los residuos monárquicos, por la Iglesia y militares derechistas, que intentó una chapuza de golpe de Estado el verano de 1932, frustrado por la huelga general que emprendieron, con mucha resolución y firmeza, socialistas, anarquistas y comunistas. Ese respaldo popular dio vitaminas al gobierno republicano, que se lanzó a iniciativas osadas y necesarias que incluían una reforma agraria –que puso a los caciques rurales hechos unas fieras– y un estatuto de autonomía para Cataluña. El problema fue que en el campo y las fábricas había mucha hambre, mucha necesidad, mucha incultura y muchas prisas, y la cosa se fue descontrolando, sobre todo donde los anarquistas entendieron que había llegado la hora de que el viejo orden se fuera por completo y con rapidez al carajo. Para espanto de una parte de la derecha y satisfacción de la parte más extrema, que aguardaba su ocasión, se sucedieron las huelgas e insurrecciones con tiros y muertos –Barcelona, Sevilla, Zaragoza, Pasajes, Alto Llobregat– alentadas por el ala más dura de la CNT, el sindicato anarquista que a su vez estaba enfrentado a la UGT, el sindicato socialista, en una cada vez más agria guerra civil interna entre la gente de izquierda, pues ambas formaciones se disputaban la hegemonía sobre la clase trabajadora. La idea básica era que sólo la fuerza podía liquidar los privilegios de clase y emancipar a obreros y campesinos. De ese modo, el anarquismo se hacía cada vez más radical y violento, desconfiando de toda conciliación y abandonando la disciplina. En 1933, en plena huelga revolucionaria convocada por la CNT, en el pueblecito gaditano de Casas Viejas (donde cuatro de cada cinco trabajadores estaban en paro y en la más absoluta miseria), los desesperados lugareños le echaron huevos al asunto, cogieron las escopetas de caza y asaltaron el cuartel de la Guardia Civil. La represión ordenada por el gobierno republicano fue inmediata y bestial, con la muerte de 24 personas –incluidos un anciano, dos mujeres y un niño– a las que se dio matarile a manos de la Guardia de Asalto y la Guardia Civil. Para esa época, las derechas ya se organizaban políticamente en la llamada Confederación Española de Derechas Autónomas, CEDA, liderada por José María Gil Robles, en torno a la que se fue estableciendo (católicos, monárquicos, carlistas, republicanos de derechas y otros elementos conservadores, o sea, la llamada gente de orden) un frente único antimarxista y antirrevolucionario con un respaldo de votos bastante amplio. Y como no hay dos sin tres, y en España sin cuatro, a complicar el paisaje vino a sumarse el asunto catalán. Cuando, según los vaivenes políticos, el gobierno republicano pretendió imponer disciplina en el creciente desmadre nacional, diciendo vamos a ver, rediós, alguien tiene que mandar aquí y que se le obedezca, oigan, y un montón de líderes obreros fueron encarcelados por salirse de cauces, y la anterior simpatía hacia las aspiraciones autonómicas periféricas se enfrió en las Cortes, el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, decidió montárselo aparte y proclamó por su cuenta «el Estado catalán dentro de una república federal española» que sólo existía en sus intenciones. De momento la desobediencia acabó controlada con muy poca sangre, pero eso llevaría a Companys al paredón tras la Guerra Civil, cuando cayó en manos franquistas. Aun así, es interesante recordar lo que en los años 70 dijo al respecto un viejo comunista: «Si hubiésemos ganado la guerra, a Companys también lo habríamos fusilado nosotros, por traidor a la República»

[Continuará]

21 de agosto de 2016 

domingo, 14 de agosto de 2016

El atropellador y el picoleto

Una mañana, en Madrid y hace ya varios años, presencié una escena a la que creo haberme ya referido en otra ocasión, en esta misma página: un fulano con muy mala pinta, evidentemente empastillado hasta las trancas, amenazaba a los transeúntes con un cuchillo de notables dimensiones. Mariconas, decía. Que voy a daros a tós pa dentro, mariconas. Frente a él había dos policías nacionales de uniforme, fuska en mano, intimándolo, dicho sea en lenguaje administrativo, a deponer su actitud. Pero el otro no sólo no la deponía, sino que insultaba a los policías y a los transeúntes y amagaba dar tajos con el cuchillo. Mariconas, etcétera. Los maderos se miraban entre ellos, como diciendo qué carajo hacemos, colega, y ninguno se decidía a meterle en el cuerpo a aquel pájaro un balazo que lo dejara seco. Sabían la ruina que les caería encima como apretaran el gatillo. Y claro. Consciente del asunto pese al colocón que llevaba, el fulano del baldeo, tras amenazar un poquito más, salió corriendo de pronto como un cohete, seguro de que nadie lo iba a parar en serio. Los dos policías corrieron detrás, desaparecieron los tres de mi vista, y no sé en qué acabó la cosa, pues al día siguiente no leí nada en los periódicos. Supongo que no lo pillaron. O sí, cualquiera sabe. Pero recuerdo muy bien lo que me quedé pensando: para nada quisiera estar en la piel de esos dos pringados. De esos dos policías. 

Me acordé ayer de eso, varios años después, al enterarme de que el Tribunal Supremo acaba de absolver a un guardia civil que en 2009 –estamos en 2016– mató de tres disparos, al término de una accidentada peripecia automovilística, a un fulano al que él y sus colegas picoletos habían estado persiguiendo a toda leche, con los pirulos azules destellando y las sirenas haciendo pi-po, pi-po, por las provincias de Ávila, Toledo y Madrid, después de que el pavo se saltara un control policial y provocase varios accidentes en su fuga, y para acabar la fiesta intentara rematar en el suelo, atropellándolo por segunda vez, a un agente que estaba herido. Cosa que impidió el compañero del atropellado, soltándole cuatro tiros al malo, de los que tres hicieron blanco y se lo llevaron directamente al otro barrio. 

Siete años, oigan. Se dice pronto. Ante ese caso clarísimo, probado con todas las de la ley, o sea, que dio matarile a un elemento peligroso en defensa de la vida de un compañero, el picoleto de los tiros ha estado judicialmente empapelado durante siete años, nada menos. Los cuatro primeros como imputado, lo que significa que durante ese tiempo su vida profesional estuvo estancada, sin posibilidad de ascensos ni recompensas. Luego, el calvario de recursos, contrarrecursos y citas judiciales, que le costaron un año y medio de baja por depresión, y el resto de zozobras, abogados, informes periciales y puñetas administrativas durante las que jueces de diversas instancias, hasta llegar al Supremo, anduvieron dilucidando si impedir que atropellen por segunda vez a un guardia civil es legítima defensa o agresión fascista, si los disparos se hicieron desde tal o cual distancia, si el vehículo tenía metida la primera o la segunda marcha, o si -lo que convertiría el acto de liquidar al malo en descarado abuso policial- éste había sido diagnosticado con anterioridad de trastorno bipolar, y en el momento de la persecución y el atropello sufría un lamentable brote psicótico. La criatura. 

Siete años, insisto, ha empleado la lentísima Justicia española en decidir si un guardia que con todos los motivos del mundo se carga a un malo en acto de servicio es culpable o inocente. Siete años pendiente de un hilo, de zozobra y ruina, durante los que al agente en cuestión se le ha reventado la carrera y parte de la vida por utilizar –con óptima puntería, por cierto, detalle que no ha elogiado nadie– la pistola reglamentaria que el Estado le confió para que defendiera a los ciudadanos y a sí mismo en el desempeño de sus funciones. Y por ahí seguimos, incapaces de apreciar lo obvio: que del mismo modo que quien se extralimita de gatillo o de placa debe sentir encima todo el peso de la ley, a quien cumple su deber no se le puede maltratar de esa manera. Porque así, cada vez más, nos arriesgamos a que frente al fulano del cuchillo, ante el atropellador, ante el malo que siempre estará ahí, beneficiándose de nuestros derechos y libertades, pero también de nuestra estupidez y nuestra demagogia, el guardia al que le toque, aunque sea honrado y valiente, deje la pistola en la funda, mire hacia otro lado y piense: «Anda y que os proteja vuestra puta madre». 

14 de agosto de 2016.

domingo, 7 de agosto de 2016

Una historia de España (LXVIII)

Contra la Segunda República, o sea, contra la democracia al fin conseguida en España en 1931, conspiraron casi desde el principio tanto las derechas como las izquierdas. En una especie de trágico juego de las siete y media que íbamos a pagar muy caro, a unos molestaba por excesiva, y a otros por quedarse corta. Al principio se tomó la cosa en serio, y a la reorganización del Ejército y la limitación de poderes de la Iglesia católica se añadieron importantes avances sobre los salarios de las clases trabajadoras, la distribución más justa de la propiedad de la tierra, la educación pública y la protección laboral. Nunca habíamos tenido en España un avance tan evidente en democracia real y conquistas sociales. Pero el lastre de siglos de atraso, la cerrazón de las viejas fuerzas oscuras y las tensiones irresolubles de la industrialización, el crecimiento urbano y la lucha de clases que sacudían a toda Europa iban a reventarnos la fiesta. Después de los primeros momentos de euforia republicana y buen rollo solidario, crecieron la radicalización política, las prisas, los recelos y la intransigencia en todas partes. Presionado por la realidad y las ganas de rápido cambio social, el tinte moderado y conservador de los primeros tiempos se fue al carajo. La vía natural para consolidar aquella República habría sido, probablemente, el socialismo; pero, como de costumbre, la división interna de éste rompió las costuras: había un sector moderado, otro centrista y otro radical: el de Largo Caballero. La izquierda más o menos razonable, la del presidente Manuel Azaña, tuvo que apoyarse en la gente de Largo Caballero, que a su vez se veía obligado a rivalizar en radicalismo con comunistas y anarquistas. Era como una carrera hacia el abismo en la que todos competían. Subió el tono retórico en una prensa a menudo partidista e irresponsable. Se trazaban líneas infranqueables, no siempre correspondientes con la realidad, entre empresarios y trabajadores, entre opresores y oprimidos, entre burgueses ricos y parias de la tierra, y se hablaba menos de convencer al adversario que de exterminarlo. Todo el rencor y la vileza ancestrales, todo el oportunismo, todo el odio endémico que un pueblo medio analfabeto y carente de cultura democrática arrastraba desde hacía siglos, salió de nuevo a relucir como herramienta de una clase política con pocos escrúpulos. Por supuesto, nacionalistas vascos y catalanes, dispuestos a aprovechar toda ocasión, complicaron más el panorama. Y así, recordando el fantasma reciente de la Revolución Rusa, la burguesía, el capital, los propietarios y la gente acomodada empezaron a acojonarse en serio. La Iglesia católica y buena parte de los jefes y oficiales del Ejército estaban cada vez más molestos por las reformas radicales, pero también por los excesos populistas y los desórdenes públicos que los gobiernos republicanos no atajaban. Y tampoco las izquierdas más extremas facilitaban las cosas. Los comunistas, todavía pocos pero férreamente disciplinados y bajo el control directo de la Rusia Soviética, criticaban ya en 1932 al «gobierno burgués agrario de Azaña» y a los socialistas, «fusileros de vanguardia de la contrarrevolución». Por su parte, el Partido Socialista, por boca de Largo Caballero, afirmaba en 1933 estar dispuesto a que en España ondeara «no la bandera tricolor de una república burguesa, sino la bandera roja de la revolución». La guinda al asunto la pusieron los anarquistas, que eran mayoritarios en Cataluña, Aragón y Levante. Éstos, cuyo sindicato CNT (1.527.000 afiliados en 1936) superaba a su rival socialista UGT (1.444.474), iban a contribuir mucho al fracaso de la República, tanto durante ésta como en la contienda civil que estaba a punto de caramelo; pues a diferencia de comunistas y socialistas –que, mal que bien, procuraban mantener una apariencia republicana y no asustar mucho–, el escepticismo libertario ante las vías políticas moderadas empujaba con facilidad a los anarcos al exceso revolucionario de carácter violento, expropiador, pistolero e incendiario. Y así, entre unos y otros, derechas conspiradoras, izquierdas impacientes, irresponsabilidad política y pueblo desorientado y manipulado por todos, con el parlamento convertido en un disparate de demagogia y mala fe, empezaron a surgir los problemas serios: pronunciamiento del general Sanjurjo, matanza de Casas Viejas, revolución de Asturias y autoproclamación de un Estado catalán independiente de la República. De todo lo cual hablaremos con detalle en el próximo capítulo de esta apasionante, lamentable y triste historia. 

[Continuará]. 

7 de agosto de 2016.

domingo, 31 de julio de 2016

La vía de agua

No hace mucho, estando en el mar, tuve una vía de agua. Algo en el instinto del que navega desde hace media vida me hizo comprender que algo a bordo no marchaba como era debido. Sin embargo el velero iba bien, con una mar razonable: marejadilla y viento de doce nudos que apenas levantaba borreguillos. Llevaba arriba el génova y la mayor, amurado a estribor. Era un día de navegación tranquilo. Acababa de bajar a la camareta para situarme y anotar la posición, como hago cada hora: estado de mar, viento, cielo, millas recorridas. Un vistazo al AIS para comprobar si había barcos cerca pero fuera de mi vista. Me disponía a volver arriba y a Mar cruel, la novela de Nicholas Monsarrat que estaba leyendo por tercera vez, cuando algo llamó mi atención. No fue nada concreto, sino la sospecha de que alguna cosa inusual ocurría. 

Decía Joseph Conrad que la principal característica de un marino es una saludable incertidumbre. Dicho al contrario, la certeza de que todo el tiempo estás en un medio hostil donde puedes esperar cosas desagradables. Una perpetua desconfianza que se manifiesta en la ojeada que diriges alrededor cada cinco minutos, aunque estés leyendo un libro apasionante, adormilado o conversando con alguien. La mirada inquieta a esa mancha oscura que puede ser una racha peligrosa, a la nube de color sucio que empieza a formarse en el horizonte, a las luces del mercante que debe maniobrarte, pero que posiblemente no lo haga. «I call to the motor vessel in my port…». Navegar de verdad es exactamente eso: manteneros vivos, tú y la tripulación que en ti confía. No fiarte ni de tu sombra. 

Navegas en un barco noble, al que conoces desde hace catorce años. Te ha sacado de apuros muchas veces, como cuando una racha repentina y criminal lo tumbó hasta casi tocar el palo el agua, en la oscuridad, rompiéndole el anemómetro en cuarenta y siete nudos de viento, y él solo se adrizó y puso proa a la mar mientas tú intentabas organizar el caos que había surgido a bordo. Lo conoces bien, y él a ti. Por eso nunca desdeñas sus avisos, sus codazos, sus insinuaciones. Su manera de navegar en unas u otras situaciones, el modo en que toma la mar. Cómo se mueve. Y ahora, inmóvil ante la mesa de cartas, con todos los sentidos atentos a lo que te dice, comprendes que está mandando un mensaje. Te habla como lo hacen los buenos barcos. Algo va mal, compañero. Cuidado. Algo va mal. 

Compruebas los instrumentos. Luego vas hasta las puertas del motor, las abres y encuentras lo que el navegante más teme en el mundo: agua salada. El achique automático de la sentina ha fallado. Un agua aceitosa y abundante se mueve con el balanceo y ocupa un palmo y medio en el compartimiento del motor, cubriendo casi el eje de la hélice. Ver eso en alta mar es sentir miedo de verdad. Miedo auténtico. Y entonces, los años de navegación, las viejas rutinas sobre emergencias a bordo, actúan automáticamente, sin pensarlo siquiera. Tripulación alerta, motor en marcha, bomba funcionando, equipo de abandono del barco a mano, búsqueda de la vía de entrada. Un pan-pan-pan por la radio, latitud y longitud, diciendo que hay vía de agua y que trabajas en ella. Que de momento parece bajo control. 

Al cabo de una tensa media hora localizas el punto, que no es como temías el prensaestopas de la hélice, sino una grieta grande en una de las tomas de agua del motor. Así que cierras el grifo de fondo, achicas en manual, taponas lo mejor que sabes, vuelves a la mesa de cartas y haces cálculos: puerto más cercano, playa de arena a medio camino, donde varar si todo se fuera antes al carajo. Tienes velas y viento. Entonces miras a la tripulación, dos chicas duras -patrón de yate una, patrón de recreo la otra, veintidós años navegando contigo- , y piensas que hace un momento se comportaron con serenidad y competencia, haciendo lo que debían hacer, fruto de su largo adiestramiento. Admitiendo con naturalidad que esto puede ocurrir; que navegar incluye días malos, o peores. Lo asumen y saben reaccionar sin nervios ni palabras superfluas, seguras de sí, obedeciendo órdenes sin discutir -un barco no es una democracia- , mirando atentas al patrón mientras aceptan, porque ésas son las reglas, poner sus vidas en tus manos. Y gracias a que también esta vez cumplimos todos con nuestro deber a bordo, puedes volver ahora a las páginas de Mar cruel, tranquilo respecto a lo que ocurrirá en las próximas millas. Hoy hemos sido marinos, piensas satisfecho. Todos. Y mientras navegas hacia un lugar seguro, te sientes orgulloso de tu tripulación y de tu barco. 

31 de julio de 2016. 

domingo, 24 de julio de 2016

Una historia de España (LXVII)

Allí estábamos los españoles, o buena parte de ellos, muy contentos con aquella Segunda República parlamentaria y constitucional, dispuestos a redistribuir la propiedad de la tierra, acabar con la corrupción, aumentar el nivel de vida de las clases trabajadoras, reformar el Ejército, fortalecer la educación pública y separar la Iglesia del Estado. En eso andábamos, dispuestos a salir del calabozo oscuro donde siglos de reyes imbéciles, ministros infames y curas fanáticos nos habían tenido a pan y agua. Pero la cosa no era tan fácil en la práctica como en los titulares de los periódicos. De la trágica lección de la Primera República, que se había ido al carajo en un sindiós de demagogia e irresponsabilidad, no habíamos aprendido nada, y eso iba a notarse pronto. En un país donde la pobreza y el analfabetismo eran endémicos, las prisas por cambiar en un par de años lo que habría necesitado el tiempo de una generación, resultaban mortales de necesidad. Crecidos los vencedores por el éxito electoral, todo el mundo pretendió cobrarse los viejos agravios en el plazo más corto posible, y eso suscitó agravios nuevos. «Quizá fuera la arrogancia que dan los votos», como apunta Juan Eslava Galán. El caso es que, una vez conseguido el poder, la izquierda, una alianza de republicanos y socialistas, se impuso como primer objetivo triturar -es palabra del presidente Manuel Azaña- a la Iglesia y al Ejército, principales apoyos del viejo régimen conservador que se pretendía destruir. O sea, liquidar por la cara, de la noche a la mañana, dos instituciones añejas, poderosas y con más conchas que un galápago. Calculen la ingenuidad, o la chulería. Y en vez de ir pasito a pasito, los gobernantes republicanos se metieron en un peligroso jardín. Lo del Ejército, desde luego, clamaba al cielo. Aquello era la descojonación de Espronceda. Había 632 generales para una fuerza de sólo 100.000 hombres, lo que suponía un general por cada 158 militares; y hasta Calvo Sotelo, que era un político de la derecha dura, decía que era una barbaridad. Pero las reformas castrenses empezaron a aplicarse con tanta torpeza, sin medir fuerzas ni posibles reacciones, que la mayor parte de los jefes y oficiales -que al fin y al cabo eran quienes tenían los cuarteles y las escopetas- se encabronaron bastante y se la juraron a la República, que de tal modo venía a tocarles las narices. Aun así, el patinazo gordo lo dieron los gobiernos republicanos con la Santa Madre Iglesia. Despreciando el enorme poder social que en este país supersticioso y analfabeto, pese a haber votado a las izquierdas, aún tenían colegios privados, altares, púlpitos y confesionarios, los radicales se tiraron directamente a la yugular eclesiástica con lo que Salvador de Madariaga -poco sospechoso de ser de derechas- calificaría de «anticlericalismo estrecho y vengativo». Es decir, que los políticos en el poder no sólo declararon aconfesional la República, pretendieron disolver las órdenes religiosas, fomentaron el matrimonio civil y el divorcio y quisieron imponer la educación laica multiplicando las escuelas, lo que era bueno y deseable, sino que además dieron pajera libre a los descerebrados, a los bestias, a los criminales y a los incontrolados que al mes de proclamarse el asunto empezaron a quemar iglesias y conventos, y a montar desparrames callejeros que nadie reprimía («Ningún convento vale una gota de sangre obrera», era la respuesta gubernamental), dando comienzo a una peligrosa impunidad, a un problema de orden público que, ya desde el primer momento, truncó la fe en la República de muchos que la habían deseado y aplaudido. Empezaron así a abrirse de nuevo, como una eterna maldición, nuestras viejas heridas; el abismo entre los dos bandos que siempre destrozaron la convivencia en España. Iglesia y Estado, católicos y anticlericales, amos y trabajadores, orden establecido y revolución. A consecuencia de esos antagonismos, como señala el historiador Julián Casanova, «la República encontró grandes dificultades para consolidarse y tuvo que enfrentarse a fuertes desafíos desde arriba y desde abajo». Porque mientras obispos y militares fruncían el ceño desde arriba, por abajo tampoco estaban dispuestos a facilitar las cosas. Después de tanto soportar injusticias y miseria, cargados de razones, de ganas y de rencor, anarquistas y socialistas tenían prisa, y también ideas propias sobre cómo acelerar el cambio de las cosas. Y del mismo modo que derechas e izquierdas habían conspirado contra la primera República, haciéndola imposible, la España eterna, siempre a gusto bajo la sombra de Caín, se disponía a hacer lo mismo con la segunda. 

[Continuará]

24 de julio de 2016

domingo, 17 de julio de 2016

No era una señora

Ayer me quedé de pasta de boniato. Estaba a punto de entrar en una librería y coincidí en la puerta con una señora. Al menos, creí que lo era. Una mujer sobre los cuarenta años, normalmente vestida, quizá con un punto demasiado juvenil para su edad. Por lo demás, de aspecto agradable. Ni elegante ni ordinaria. Ni guapa ni fea. Coincidimos en la puerta, como digo, viniendo ella de un lado de la calle y yo de la dirección contraria. Y en el umbral mismo, por reflejo automático, me detuve para cederle el paso. Desde hace casi sesenta años –su trabajo les costó a mis padres, en su momento– eso es algo que hago ante cualquiera: mujer, hombre, niño; incluso ante los que van por el centro de Madrid en calzoncillos y chanclas, torso desnudo y camiseta al hombro, impregnando el aire de aroma veraniego; tan desahogados, ellos y la madre que los parió, como si estuvieran en el paseo marítimo de una playa o vinieran de chapotear en la alberca del pueblo. 

Me detuve en el umbral, como digo. Para cederle el paso a la señora, igual que se lo habría cedido al lucero del alba. Incluso a mi peor enemigo. Hasta a un inspector de Hacienda se lo habría cedido. Pero mi error fue considerar señora a la que sólo era presunta; porque al ver que me detenía ante ella, en vez de decir «gracias» o no decir nada y pasar adelante, me miró con una expresión extraña, entre arrogante y agresiva, como si acabara de dirigirle un insulto atroz, y me soltó en la cara: «Eso es machista». 

Oigan. Tengo sesenta y cuatro tacos de almanaque a la espalda, y entre lo que lees, y lo que viajas, y lo que sea, he visto un poco de todo; pero esto de la señora, o la individua, en la puerta, no me había ocurrido nunca. En mi vida. Así que háganse cargo del estupor. Calculen el puntazo de que eso le pase a un fulano de mis años y generación, educado, entre otros, por un abuelo que nació en el siglo XIX, y del que aprendí, a temprana edad, cosas como que a las mujeres se las precede cuando bajan por una escalera y se les va detrás cuando la suben, por si les tropiezan los tacones, que cuando es posible se les abre la puerta de los automóviles, que uno se levanta del asiento cuando ellas llegan o se marchan, que se camina a su lado por el lado exterior de las aceras –«Que no digan que la llevas fuera», bromeaba mi padre con una sonrisa– y cosas así. Calculen todo eso, o imagínenlo si su educación familiar dejó de incluirlo en el paquete, y pónganse en mi lugar, parado ante la puerta de la librería, mirando la cara de aquella prójima. 

Habría querido disponer de tiempo, por mi parte, y de paciencia, por la de ella, para decir lo que me hubiera gustado decirle. Algo así como se equivoca usted, señora o lo que sea. Cederle el paso en la puerta, o en cualquier sitio, no es un acto machista en absoluto, como tampoco lo es el hecho de no sentarme nunca en un transporte público, porque al final acabo avergonzándome cuando veo a una embarazada o a alguien de más edad que la mía, de pie y sin asiento que ocupar. Como no lo es ceder el lugar en la cola o el primer taxi disponible a quien viene agobiado y con prisa, o quitarte el sombrero –porque algunos, señora o lo que usted sea, usamos a veces panamá en verano y fieltro en invierno– cuando saludas a alguien, del mismo modo que te lo quitas –que para eso también lo llevas, para quitártelo– cuando entras en una casa o un lugar público. Así que entérate, cretina de concurso. Cederte el paso no tiene nada de especial porque es un reflejo instintivo, natural, que a la gente de buena crianza, y de ésa todavía hay mucha, le surge espontánea ante varones, hembras, ancianos, niños, e incluso políticos y admiradores de Almodóvar. Ni siquiera es por ti. Ni siquiera porque seas mujer, que también, sino porque la buena educación, desde decir buenos días a ceder el paso o quitarte la puta gorra de rapero, si la llevas, facilita la vida y crea lazos solidarios entre los desconocidos que la practican. 

Y, bueno. Me habría gustado decir todo eso de golpe, allí mismo; pero no hubo tiempo. Tampoco sé si lo iba a entender. Así que permanecí inmóvil, mirándola con una sonrisa que, por supuesto, le resbaló por encima como si llevara un impermeable; porque al ver que me quedaba quieto y sin decir nada, cruzó el umbral con aire de estar gravemente ofendida. «Lo he hecho polvo», debía de pensar. Y yo la vi entrar mientras pensaba, a mi vez: No es por ti, boba. Sé de sobra que no lo mereces. Es por mí. Por la idea que algunos procuramos mantener de nosotros mismos. Algo que, mientras te veo entrar en esa librería que de tan poca utilidad parece serte, me hace sonreír con absoluto desprecio. 

17 de julio de 2016 

domingo, 10 de julio de 2016

Una historia de España (LXVI)

Alfonso XIII sólo sobrevivió, como rey, un año y tres meses a la caída del dictador Primo de Rivera, a quien había ligado su suerte, primero, y dejado luego tirado como una colilla. Abandonado por los monárquicos, despreciado por los militares, violentamente atacado por una izquierda a la que sobraban motivos para atacar, las elecciones de 1931 le dieron la puntilla al rey y a la monarquía. Las había precedido una buena racha de desórdenes políticos y callejeros. De una parte, los movimientos de izquierdas, socialistas y anarquistas, apretaban fuerte, con banderas tricolores ondeando en sus mítines, convencidos de que esa vez sí se llevaban el gato al agua. Al otro lado del asunto, la derecha se partía en dos: una liberal, más democrática, de carácter republicano, y otra ultramontana, enrocada en la monarquía y la Iglesia católica como bastiones de la civilización cristiana, de contención ante la feroz galopada comunista, aquel fantasma que recorría Europa y estaba poniendo buena parte del mundo patas arriba. El caso es que, en las elecciones municipales del 12 de abril, en 42 de 45 ciudades importantes arrasó la coalición republicano-socialista. Lo urbano se había pronunciado sin paños calientes por la República, o sea, porque Alfonso XIII se fuera a tomar viento. Los votos del ámbito rural, sin embargo, salieron favorables a las listas monárquicas; pero las izquierdas sostenían, no sin razón, que ese voto estaba en mano de los caciques locales y, por tanto, era manipulado. El caso es que, antes de que acabara el recuento, la peña se adelantó echándose a la calle, sobre todo en Madrid, a celebrar la caída del rey. A esas alturas, el monarca no podía contar ya ni con el ejército. Estaba indefenso. Y, como ocurrió siempre (y sigue ocurriendo en esa clase de situaciones, que es lo bonito y lo ameno que tenemos aquí), los portadores de botijo palaciegos que hasta ayer habían sido fieles monárquicos descubrieron de pronto, al mirarse al espejo, que toda la vida habían sido republicanos hasta las cachas, oiga, por favor, demócratas de toda la vida, por quién me toma usted. Y los cubos de basura y los tenderetes del Rastro madrileño se llenaron, de la noche a la mañana, de retratos de su majestad Alfonso XIII a caballo, a pie, en coche, de militar, de paisano, de jinete de polo, con clavel en la solapa y con entorchados de almirante de la mar océana. Y todas las señoras en las que había pernoctado su majestad, que a esas alturas eran unas cuantas, lo mismo aristócratas que bataclanas –el hombre nos había salido muy aficionado al intercambio de microbios– se apresuraron a retirar del aparador y esconder las fotos, dedicadas en plan A mi querida Fulanita o Menganita, tu rey, etcétera. Y, en fin. El ciudadano Borbón hizo las maletas y se fue al destierro con una celeridad extraordinaria, en plan Correcaminos, por si la cosa no quedaba sólo en eso. «No quiero que se derrame una gota de sangre española», dijo al irse, acuñando frase para la Historia; lo que demuestra que, además de torpe e incompetente como rey, como profeta era un puñetero desastre. De cualquier modo, en aquel momento los españoles –siempre ingenuos cuando decidimos no ser violentos, envidiosos o miserables– consideraban el horizonte mucho más luminoso que negro. La gente llenaba las calles, entusiasmada, agitando la nueva bandera con su franja morada; y los políticos, tanto los republicanos de toda la vida como los que acababan de ver la luz y subirse al carro, se dispusieron a establecer un nuevo Estado español democrático, laico y social que respetase, además, las peculiaridades vasca y catalana. Ése era el futuro, nada menos. Así que imaginen ustedes el ambiente. Todo pintaba bien, en principio, al menos en los titulares de los periódicos, en los cafés y en las conversaciones de tranvía. Con las primeras elecciones, moderados y católicos quedaron en minoría, y se impusieron los republicanos de izquierda y los socialistas. Una España diferente, distinta a la que llevaba siglos arrastrándose ante el trono y el altar, cuando no exiliada, encarcelada o fusilada, era posible de nuevo (pongan aquí música de trompetas y de violines). La Historia, a menudo mezquina con nosotros, ofrecía otra rara oportunidad; una ocasión de oro que naturalmente, en espectacular alarde de nuestra eterna capacidad para el suicidio político y social, nos íbamos a cargar en sólo cinco años. Con dos cojones. Y es que, como decía un personaje de no recuerdo qué novela –igual hasta era mía– España sería un país estupendo si no estuviera lleno de españoles. 

[Continuará] 

10 de julio de 2016

domingo, 3 de julio de 2016

Viejos pistoleros

Lucio acaba de contarnos el último chiste y se aleja entre las mesas saludando a otros clientes, y Javier Marías despacha lo que queda de su escalope. A estas alturas de la cena siempre acabamos regresando, casi de forma automática, a John Ford y a Hitchcock, con alguna incursión lateral por Hawks y Mann. Es el momento en que, a veces, a Javier le brillan los ojos y a mí se me vuelve la voz un poquito trémula, como en este instante, cuando comento la escena de Misión de audaces en la que John Wayne le quita el pañuelo de la cabeza a Constance Towers y se lo pone al cuello antes de volar el puente. 

–Necesito fumar un cigarrillo– dice Javier. 

Salimos a la calle y caminamos por la Cava Baja tarareando I Left My Love. La noche es templada y agradable. La conversación recae ahora en la extraordinaria serie de western que hizo Anthony Mann con James Stewart, entre ellas la obra maestra El hombre de Laramie. A medio cigarrillo de Javier hacemos una breve incursión por Don Siegel y Código del hampa –Lee Marvin y Clu Gulager preguntándose por qué no se defendió John Cassavetes cuando fueron a matarlo–, aunque muy pronto regresamos a Ford y a Hawks. A John Wayne, sobre todo. Yo recito el diálogo de El Dorado, cuando Christopher George, con su cicatriz en la cara, dice aquello de «Sólo hay tres hombres que disparen así. Uno está muerto, otro soy yo, y el tercero es Cole Thornton» y Javier lo completa en boca de Wayne: «Yo soy Thornton». En ese momento –estamos llegando a Puerta Cerrada–, alguien se detiene a saludarnos. Un lector. Solemos bromear sobre eso cuando vamos juntos, a ver a quién saludan más, a él o a mí, y llevamos la cuenta como si fueran tantos anotados. Dos a uno, dos a dos, tres a dos. Cuando es lector de ambos, nos anotamos medio punto cada uno. 

Unos pasos más allá, Javier se para un momento y se me queda mirando. 

–¿Te acuerdas de El pistolero

– Claro –respondo–. La de Henry King, con Gregory Peck. El viejo jinete al que todos los aspirantes a pistolero famoso quieren matar. 

Javier se echa a reír. 

–Tiene gracia. ¿Te das cuenta de que ahora nosotros somos como Jimmy Ringo, en esa película? ¿O como Wayne y Mitchum en El Dorado?… Viejos pistoleros con cierta reputación. Con las cachas del revólver llenas de muescas. 

–Y no pocos jóvenes, y no tan jóvenes, soñando con pegarnos un tiro para ocupar ese sitio. ¿Te refieres a eso? 

–Exacto… Cole Thornton y John Paul Herra, Wayne y Mitchum, caminando medio cojos, heridos y hechos polvo, cada uno con su muleta, por la calle principal de El Dorado. 

–Pues al final nos pegarán ese tiro. 

–No te quepa duda. Es la ley del Oeste. 

La idea nos hace gracia, y seguimos el paseo imitando la cojera y los andares de los dos viejos pistoleros. Luego debatimos sobre la chica adecuada, chica de salón, prostituta ocasional, maestra del pueblo: Helen Westcott, Charlene Holt. Al final nos decidimos por Angie Dickinson. Su último beso, en recuerdo de los otros, antes de ceñirte la pistolera y cruzar la calle en busca de la palabra Fin

–Angie, sin duda –insiste Javier. 

Llegamos así a la Plaza Mayor, donde nos sentamos en la terraza del bar Giralda. Está a punto de cerrar, pero los camareros, que son buenos y queridos amigos, dejan una mesa para nosotros. Javier enciende otro cigarrillo y mira la plaza. Por un rato permanecemos en silencio. Se está bien aquí, pienso, disfrutando de la noche igual que de la conversación, sentados uno junto al otro. Dos viejos pistoleros, tan diferentes y sin embargo cómplices. Leales y callados, con muchos atracos a bancos, desafíos de barra de bar y tiroteos en la memoria común. 

–Todavía sabemos disparar –comento. 

Asiente Javier, dándole otra chupada al cigarrillo. Miramos uno a cada lado de la plaza, como si cada cual se encargara de vigilar esa parte. 

–Reputación –dice Javier, como si eso lo resumiera todo. 

Entonces me echo a reír, mientras me pregunto cómo hacen los que no vieron cine ni leyeron libros para interpretar la vida. 

–Déjalos que vengan –digo despacio–. Déjalos que vengan. 

3 de julio de 2016