lunes, 26 de diciembre de 1994

Mi amigo el librero


Ustedes me van a perdonar, pero hoy que estamos de fiestas y chundarata y envolvemos la felicidad en papel de embalaje de grandes almacenes, me apetece felicitarle la Navidad a un amigo. Se llama Antonio Méndez, tiene treinta y un años, una mujer guapa y jerezana dos churumbeles rubios, y una pequeña librería en la calle Mayor de Madrid. También tiene el pelo rizado de caracolillo, los ojos azules de buena gente y esa tolerancia infinita que da el vivir entre libros que uno, además de vender, lee. No podía ser de otro modo porque Antonio nació entre letra impresa: su padre fue librero y también lo fue su abuelo, y echó los dientes en el oficio cuando, con menos de veinte años, lo pusieron al frente de un pequeño puesto en la Cuesta Moyano de Madrid. Ahora el padre y el abuelo están criando malvas, y Antonio, heredero del asunto familiar, desempeña con dignidad ese oficio de tercera generación que, afirma, es el trabajo más útil y bello de España.

Antonio y el arriba firmante somos amigos desde hace diez años, y nos conocemos bien. Él adivina mis novelas antes de que estén escritas -hasta inspiró vagamente uno de los personajes de El club Dumas-, y yo sé que él no se duerme en el polvo de su librería, sino que sigue la actualidad literaria, lee todos los suplementos y revistas nacionales y extranjeros, está al día en cuanto hay un premio o una novedad para pedir a los distribuidores el número de ejemplares necesario. Lee cuanto puede, y es de esos libreros con instinto y oficio; gente de la vieja escuela que, en estos tiempos de vendedores de caja registradora y a tanto el kilo, aún son capaces de orientar al lector, buscar el título necesario, conversar con él en busca del tipo de libro que le conviene. Porque Antonio es de los que prefieren tragarse una venta antes que perder un cliente, o un amigo.

Hay pocos placeres urbanos en una ciudad como Madrid comparables a entrar en su librería una tarde gris de frío y aguacero, y allí, entre los estantes y las pilas de volúmenes sobre el mostrador, entre clásicos y bestsellers, charlar sobre libros y autores al calor de la estufa mientras la lluvia cae al otro lado del escaparate y uno toca, abre, acaricia los volúmenes que están por todas partes. O pasar las mañanas de domingo y espléndida luz invernal en su puesto de la Cuesta Moyano, junto al Jardín Botánico, cuando la gente circula entre los tenderetes y Antonio es el hombre más feliz del mundo porque hay sol, y pasan estudiantes, y bibliófilos, y chicas aparentes con libros bajo el brazo, y él puede vivir de ofrecerles felicidad; aventura, sueños, cultura y memoria.

Antonio es de esos jóvenes a los que nadie les ha regalado nada, y que cada día luchan a brazo partido por salir adelante. Se levanta antes de que se haga de día y regresa de noche a casa, hecho polvo, y en las malas rachas tarda horas en dormirse pensando qué carajo depara el futuro. Como todos los libreros de este país administrado por analfabetos, los impuestos que Antonio paga a Hacienda no son por los libros que vende, sino por los que compra; de modo que si se equívoca, por ejemplo, pidiendo al distribuidor quinientos planetas en lugar de cien, se los tiene que comer con patatas, porque paga de antemano como si los hubiera vendido.

Así, mientras las cadenas de librerías potentes y los grandes almacenes y todos los compinches de capital guiri gozan de exenciones, de facilidades y de fuerzas vivas abiertas de piernas para lo que gusten mandar, los pequeños libreros siguen entre la espada y la pared, comidos por impuestos estatales y municipales. Porque en este país de malas bestias con chófer y teléfono móvil, a efectos fiscales da lo mismo que vendas libros que macarrones o wonderbras de colores. Y hasta para poner un mostradorcito en la puerta con cuatro libros, los ayuntamientos, desvergonzados y locos por trincar un duro, te pegan unos sartenazos que tiembla Cervantes.

Así que hoy, que es domingo y es Navidad, voy a darme una vuelta por la Cuesta Moyano, a revolver pilas de libros. Y mañana iré a comprarme alguna cosa, lo que sea -Rivas, Llamazares, Landero, Atxaga, Muñoz Molina o algún otro compadre-, a la tienda de Antonio en la calle Mayor. Y nos tomaremos un café en buena compañía, hablando de literatura, mirándonos de reojo cada vez que entre una mujer guapa a pasearse entre los estantes de ese pequeño poblado galo que aún resiste, heroico y solitario, al invasor. Allí donde no llega la murga de villancicos de los grandes almacenes.

25 de diciembre de 1994

lunes, 19 de diciembre de 1994

Habitación 306


No sabía lo que me esperaba. Llegué al hotel de Valencia de madrugada, hecho polvo, después de ochocientos y pico kilómetros al volante, loco por meterme en la piltra y apagar la luz. Dije hola buenas en recepción, seguí impaciente al mozo que llevaba mi equipaje, le di su propina, dejé la ropa de cualquier modo y caí como un saco de patatas en la cama de la habitación 306. Lo último que recuerdo es el roce del mentón sin afeitar en la almohada. Después me quedé frito. Tres horas después -las siete de la mañana- me despertó un ruido extraño, como si alguien estuviese soplando un instrumento de viento en la habitación de arriba. Sonaba brom-brom en tono grave y me quedé mirando el techo a oscuras, desconcertado. Silencio y otra vez brom-brom, esta vez con una cadencia distinta, repetido una y otra vez hasta convertirse en melodía. No puede ser, me dije. Es imposible que alguien se ponga a soplar un instrumento -me pareció un fagot, pero podía ser cualquier cosa- a las siete de la mañana en una habitación de un hotel de cuatro estrellas.

Pero no lo era. Brom-brom tararí, sonaba una y otra vez a través del techo. Miré el reloj, pensé en la conferencia que debía pronunciar horas más tarde, maldije mi suerte. De todas las habitaciones de hotel del mundo, tenía que haberme tocado ésa. Di dos golpes en la pared, pero el sonsonete del techo continuó, imperturbable. Maldije en arameo, con ese barroquismo mediterráneo que solemos usar los de Cartagena, mezclando a San Apapucio con el ropón de Bullas. Después, resignado, me tapé la cabeza con la almohada e intenté conciliar el sueño. Brom-brom tararí tarará. Aquel floreo final hizo que me sentara en la cama con ansias homicidas. Alargaba la mano hacia el teléfono, dispuesto a pedir la cabeza del fulano o a subir y cobrármela yo mismo, cuando la música se interrumpió un momento y el ruido del agua al correr de la cisterna me dejó atónito. Aquel cabrón estaba tocando el fagot en el retrete, y sólo se interrumpía para tirar de la cadena. El brom-brom se desplazaba ahora por el techo hacia el otro extremo de la habitación, e imaginé al fulano en pijama, soplando feliz, a la espera del desayuno y de la madre que lo parió.

Me abalancé sobre el teléfono y denuncié el hecho a recepción con voz entrecortada por la cólera. Ya se ha quejado otro cliente, respondieron. Ahora mismo intervenimos. Hundí la cabeza en la almohada, esperando, hasta que por fin cesó la música. Sonreí feliz y entorné los ojos. Treinta segundos después, el brom-brom empezaba de nuevo.

La recepcionista estaba desolada. Había subido personalmente a la habitación 406. La ocupante de la habitación era una señorita alemana de una orquesta alojada en el hotel, explicó, y había respondido que ella ensayaba todas las mañanas al levantarse y que le daba igual estar en un hotel de Valencia que en una pensión de Lübeck. Pero usted no puede hacer eso, le dijo la recepcionista. Se equivoca, respondió la alemana. Sí puedo. Y, cerrando la puerta, había vuelto a tocar.

Corté la comunicación con la recepcionista para marcar la habitación 406. Oí el sonido de la llamada, el brom-brom se interrumpió y el ja? de la alemana sonó en el auricular. Para mi consternación, la pájara no hablaba ni english, ni francáis, ni otra lengua que no fuese alemán. O se lo hacía. El caso es que a mis "música nein, yo dormir, sleep, a ver si te enteras, Heidi, o como te llames", respondió colgando el teléfono y volviendo a soplar el fagot.

Les juro que si llega a ser un fulano, subo con un martillo y salimos los dos en los periódicos. Pero no puede uno partirse la cara con una profesora de la filarmónica de Hamburgo que toca el fagot en ayunas, mientras se alivia. Así que volví a marcar el teléfono de la 406 y le dije, desesperado, lo único que sé decir en alemán; "Wagner, kaputt. Tú, nazi". Aquello la cabreó mucho y después de llamarme algo así como hurensonne -hijoputa, creo- colgó, muy indignada, y volvió a soplar más fuerte. Dando el sueño por perdido, por lo menos te voy a reventar el ensayo, me dije. Guerra a muerte al invasor. Así que me dediqué a hacerle sonar el timbre del teléfono accionando una y otra vez la rellamada automática. Como buena alemana, ni se le pasaba por la cabeza dejar el auricular descolgado. Y así estuvimos hasta las nueve, ella interrumpiéndose para descolgar y volver a colgar cuando el timbre le crispaba los nervios, y yo dale que te pego a la tecla. Un modo como otro cualquiera de empezar el día.

18 de diciembre de 1994

lunes, 12 de diciembre de 1994

Una de guardias


Era una mañana magnífica, de ésas con sol tibio y la gente sentada en las terrazas. El niño, un guiri rubio con ojos azules y pinta de pequeño nazi, pretendía estrangular palomas cerca de sus padres que, sentados a la mesa de un bar, consultaban un mapa turístico. El arriba firmante en la mesa contigua, observando al renacuajo mientras meditaba sobre la oportunidad de dar collejas a los pequeños guiris cuando aún son cachorros y no pueden defenderse antes de que vuelvan con veinte años más, hasta arriba de cerveza y con banderas del Manchester. Meditaba sobre ese tipo de cosas, digo, cuando de pronto los vi doblar la esquina. Eran dos guardias enormes, macho y hembra en uniforme de campaña, con gorras de béisbol, y botas de andar por la guerra, que sin duda serían dos pedazos de pan bendito, pero cuya agresiva apariencia rezumaba una agobiante sensación de estado de sitio. A su paso, la mañana se oscureció, las palomas levantaron el vuelo, el pequeño nazi, inmóvil un momento, corrió despavorido a refugiarse en las faldas de su madre, y yo me dije: inmersión, inmersión. Han llegado los GI-Joe.

Vaya por delante que me gusta ver guardias por la calle. Tampoco muchos, no se vayan a creer. Me conformo con un par de vez en cuando, paseándose al sol con las manos cruzadas a la espalda, escuchando atentos a las viejecitas, ayudando a los niños a cruzar los pasos de cebra, o indicándole a los guiris por dónde se va al museo tal. Fui educado en la creencia de que un guardia es un individuo que está en la calle para cuidar de ti, y al que su uniforme y su función hacen digno de respeto, sobre todo porque él consagra su vida a respetar a los demás. Después, con la vida y los viajes y toda la parafernalia, las referencias han ido alterándose un poco: desde los grises a caballo a la fría brutalidad del patrullero de Los Ángeles o la rutinaria mordida del agente de tráfico mexicano, pasando por la peligrosa naturaleza de todo policía nigeriano, filipino o tailandés. Sobre todo cuando están de mala leche, necesitan dinero urgente o circulan borrachos con pistola; como un picoleto de paisano que una noche me puso un 38 en la sien cerca de Estepona, o aquel viril madero de Barcelona que disfrutaba colocándosela a las lumis justo en la bisectriz, hasta que un día se le escapó un tiro y salieron los dos, la lumi y él, en los periódicos.

A pesar de todo eso, creo que la presencia discreta de un guardia en el lugar oportuno es recomendable, por mucho hilo que le demos a la cometa, hasta la sociedad más perfecta alberga en su seno un número considerable de hijos de puta. Los guardias, además, forman parte del paisaje urbano, y a veces hasta dan una nota simpática, útil o por lo menos grata a los turistas, como los bobbies ingleses o los carabinieri italianos, con sus botas y sus sables y sus uniformes y sus caballos. En cuanto a España, aquí hay de todo. A los ertzainas da gloria verlos, por ejemplo, y los guardias civiles, aunque les hayan quitado el tricornio, van impecables y bien afeitados, y ni siquiera se despeinan cuando se sacan el casco del amoto. En lo que se refiere al Cuerpo Nacional de Policía, sus agentes tienen una indumentaria de calle que, sin ser un prodigio de Arman, resulta discreta y aparente, a base de azul marino y gorra de plato y visera; uniforme que les daría aspecto respetable si lo usaran más.

Pero no lo usan. Quizá porque la camisa es blanca y se mancha, las suelas de los zapatos se gastan, la ropa se deteriora con el trabajo de un policía en la calle. Y eso, que es normal en todas partes, en los mezquinos presupuestos de Interior -el dinero se empleó, recuerden, en otros menesteres- parece que se antoja superfluo. Así que, por aquello de aunar la comodidad con el ahorro, lo que suele verse por la calle son tipos con pinta de antidisturbios o antidisturbios propiamente dichos, en mono de faena y botas de asalto, que da reparo preguntarles por dónde se va a la calle Bodegones por si te dan un gomazo y te ordenan que circules. En lo que a caballos se refiere, por las grandes ciudades cabalgan parejas de jinetes con arrugado mono azul y sin afeitar, con pinta de Flash Gordon agropecuarios, que a la Dirección General de la Madera y al ministro Belloch deben de parecerles de lo más operativo, de lo más moderno y de los más barato; pero que a mí, cuando un turista les hace una foto, me dan mucha vergüenza. Tenemos el Cuerpo Nacional de Policía con el aspecto más agresivo y más infame de Europa, gracias a esa pinta de jugadores de béisbol a punto de irse a Sarajevo.

11 de diciembre de 1994

lunes, 5 de diciembre de 1994

Otro cuento de Navidad


Pues resulta que era Nochebuena, y Queca se paseaba frente a los escaparates iluminados de aquella ciudad fría, enorme, en la que era una pequeña manchita anónima. Estaba de ocho meses largos y caminaba torpe, como un pato, deteniéndose de vez en cuando ante las luces de una tienda, con las palmas de las manos apoyadas en los riñones. Llevaba gorro de lana, bufanda y abrigo con sólo dos botones abrochados y el resto abierto sobre la tripa. En la plaza, la megafonía de los grandes almacenes largaba villancico tras villancico, hacia Belén va una burra, pero mira cómo beben y cosas por el estilo. Había luces navideñas y Papas Noel haciendo el chorra en la puerta con la campanita, y gente cargada de paquetes y empujándose unos a otros en la boca del metro y en los pasos de peatones. Lo de siempre.

Había, incluso una pareja joven que se cruzó, ella tan embarazada o más que Queca, encorvado él bajo el peso de una maleta y unas bolsas, el mentón duro y sin afeitar, ambos con aire desamparado, como en busca de cobijo. Y había cerca un yonqui pidiendo cinco duros, y un coche de la policía, y a Queca todo aquello le recordó algo leído hace justo un año, la pasada Navidad en esta misma página de El Semanal, pero aún más viejo, como si ya hubiera estado escrito antes en otra parte. Y fue y se dijo: mira, todo ocurre de nuevo una y otra vez, con gente distinta pero que siempre es la misma, como si estuviésemos condenados a repetirnos unos a otros por los siglos de los siglos, semejante soledad, idéntica tristeza, la misma historia.

Entonces se le movió el crío en la tripa, y Queca se detuvo, absorta, justo frente a un escaparate donde una cadena de tiendas de ropa felicitaba las fiestas a sus clientes con un negrito de Ruanda agonizando vestido de rey Baltasar. Y se vio reflejada en el cristal, y tuvo frío y tuvo miedo; y por un momento estuvo a punto de usar una de las monedas que tintineaban en el bolsillo del abrigo y llamar a alguien -una amiga, o su madre- del mismo modo que el náufrago tira una bengala en mitad del mar y de la noche. Estoy aquí, estoy sola, voy a tener un hijo. Pero dejó las monedas quietas y siguió caminando entre la felicidad oficial, postiza, de aquella ciudad enorme y desconocida en una de cuyas clínicas tenía reservada una cama y una fecha.

Entonces, para darse coraje, recordó cada una de las fases de aquel año calculado en todos sus detalles, al milímetro. Su madre, que la había visto hacer la maleta y marcharse, sin comprender. Sus amigos, de quienes se apartó sin explicación alguna. Él, cuyo nombre no importó jamás, lejano ahora en su irresponsabilidad y en su ignorancia como si lo que Queca llevaba entre las caderas y junto al corazón sólo le hubiera pertenecido a ella desde el principio y para siempre.

Había elegido fríamente, con esmero, entre los mejores de su entorno: inteligente, sano, hermoso, fuerte. Sólo una condición expresa: un día me iré y saldré de tu vida, y no me buscarás en ninguna parte, nunca. Al terminar, Queca estaba de tres meses y sólo ella lo sabía. Entonces cumplió su promesa y él se quedó atrás desconcertado, mirándola irse, con esa expresión entre dolida y obtusa que siempre ponemos los hombres cuando son ellas las que se van. Vinieron entonces la soledad, la preparación, el largo esfuerzo, la nueva casa, el nuevo trabajo en una pequeña ciudad de provincias parecida a aquélla en la que nació, pero al otro extremo del mapa, donde nadie la había conocido nunca. Ahora todo estaba listo. Una semana más y todo habría terminado. O más bien todo podría empezar.

Pensó en su madre, en los días y en los años purgando, junto a un imbécil, cuatro sueños tenidos yendo al cine de muchacha. Pensó en sus ojos cargados y amargos, en las noches en que, al terminar de recoger antes de irse a la cama, la oía respirar como un animal exhausto. En los largos silencios frente al televisor, en las horas vuelta de espaldas con la voz de fondo del locutor hablando de fútbol sobre la almohada. Aquél era un precio demasiado alto. Un precio que Queca no estaba dispuesta a pagar.

Se detuvo en un semáforo, junto a una madre que empujaba un cochecito de niño. El crío iba embutido en un mono enorme, acolchado, y sólo asomaban del embozo su naricilla roja y sus ojos claros y luminosos reflejando las luces de la calle. Entonces Queca sonrió. Aquélla era la última Nochebuena que pasaría sola. (Queca y su hijo existen, y ésta es una historia real. Pero ustedes, claro, no se la van a creer. Habría que tener, se dirán, demasiados redaños.)

4 de diciembre de 1994

lunes, 28 de noviembre de 1994

Nos echan los gringos


Nos están barriendo por todo el morro, y vamos a perder aquello igual que perdimos Filipinas, Guinea Ecuatorial y el Norte de África. Mientras nuestros linces de la geopolítica siguen con especial atención los graves acontecimientos de la Europa del Este, los Balcanes y el Asia Media, en las alineaciones de los equipos de fútbol hispanoamericanos hay cada vez menos nombres españoles y más italianos, turcos, eslavos y hasta japoneses. Ése sí es un síntoma de verdad, y no los autocomplacientes informes de algunos de los capullos de carrera y cuello blanco que, salvo un par de honrosas excepciones, tenemos por allí jugando a la cosa del virreinato y sin comerse una paraguaya mientras hablan de una Hispanoamérica imaginaria que ya no se tragan ni los caimanes del Paraná.

La política exterior española -donde la tasa de soplapollas es muy alta por metro cuadrado- tiene tres ejes de actuación. El principal es Europa, por deslumbre. El segundo es el mundo árabe, por miedo a lo que se nos viene encima. Y el tercero es Hispanoamérica, por aquello de los lazos. En la práctica, Bruselas resulta ser el único lugar que consume esfuerzos; porque la política árabe es simple, y consiste en periódicas bajadas de calzones para ir teniendo tranquilo al moro, y el que venga detrás que arree. En cuanto al asunto americano, que es nuestro auténtico espacio natural, todo se queda en mucho pueblo hermano y tal, y mucho marear la perdiz. Pero los presidentes se llaman ahora Fujimori, Menem, Maronna, y cosas así. Y los jóvenes ya no vienen a estudiar a España, sino que se van a Estados Unidos. Y los gringos se los están comiendo sin pelar. Y resulta que el único sitio donde todavía nos quieren, hay que joderse, es en La Habana.

Después de las fiebres independentistas, la idea de la Madre Patria se estableció en las antiguas colonias hacia el Cuarto Centenario más o menos, cuando Rubén Darío y toda la panda redescubrieron la cosa. Ser español empezó a llevarse otra vez muchísimo, y eso abrió las puertas a dos grandes migraciones: los trescientos mil gallegos, vascos, asturianos y demás que fueron a buscarse allí la vida a principios de siglo, y el éxodo republicano de finales de los años treinta, entreverado todo eso con legiones de misioneros y de monjas dispuestos a convertir aborígenes. Pero después se fue cerrando el grifo, y los españoles cambiaron de horizontes o se quedaron en casa a ver a Nieves Herrero. En cuanto a los curas, los que no se salieron para casarse con indias se afiliaron a la teología de la liberación o se hicieron guerrilleros, y los milicos locales y sus asesores norteamericanos se los fueron cepillando un poco por aquí y por allá. El caso es que uno viaja a Buenos Aires, Bogotá o Tegucigalpa, y menos españoles de origen empieza a encontrar de todo. Así que lo del Quinto Centenario de hace un par de años, allí les sonó en buena parte a cuento chino. Y es que además, por otra parte, cada vez hay más chinos.

Así que, claro, con lo de la Madre Patria ya no comulga nadie, salvo unos cuantos nostálgicos jubilados que se apellidan Sánchez. Ahora todavía hay muchos que tienen un abuelo español, y aún les tira un poco el asunto de la lágrima. Pero de aquí a una generación los abuelos estarán criando malvas con Gardel, en La Chacarita, y ya me contarán ustedes de qué van a hablar nuestros embajadores en los cócteles a la hora de justificar el sueldo con fulanos que se llaman Makihito o Benamussa. Además, por mucho que la diplomacia española le dé a la retórica y a la demagogia fraterna, los gringos están más cerca y se lo ponen todo más barato. Y sobre todo se lo ponen, que ésa es otra. Y mientras los que quedan aún aguardan al español de toda la vida, de aquí sólo mandamos oportunistas, etarras rebotados, narcoemisarios con lista de la compra, o capullos de Bruselas hablando de prioridades comunitarias, del 0,7 por ciento y de que, en el marco de la OTAN, lo táctico es apoyar a los kurdos.

Supongo que al actual equipo de Exteriores le da lo mismo, porque cuando España termine de esfumarse en Hispanoamérica, que será pronto, ellos ya no saldrán en los telediarios. Pero a mí no me da igual. Y me pregunto si, en estos tiempos de tanta objeción de conciencia, tanto insumiso y tanto no saber qué hacer con esos chicos, no estaría bien inundar Hispanoamérica de jóvenes cooperantes, con ilusiones y ganas de marcha, para que preñen indias y se hagan guerrilleros y le den otra vez un poco de vidilla al asunto. Mejor eso que pagar con vidas de cascos azules las fotos que el ministro Solana se hace en Bruselas.

27 de noviembre de 1994

lunes, 21 de noviembre de 1994

A Chiquito de la Calzada


Se da usted cuen, don Gregorio? Toda la vida persiguiendo los garbanzos de uno en uno, rodando por tablaos de mala muerte hecho un fístro y con más agujeros en el diodeno que la ventana de un chérif. Sesenta años que se le retratan a usted en la cara, doce lustros andaluces y flamencos palma va y palma viene, con el gaznate hecho polvo por los trasnoches y el Machaquito, buscándose la vida a cuatro duros. Y ahora resulta que basta un rato en la tele para que la gente le pida autógrafos, y le den palmaditas en la espalda, y Pepita, que es una santa por haberle aguantado a usted, pecador de la pradera, treinta y seis tacos de almanaque haciendo juegos malabares con la cartilla de ahorros, ya no tiene que andar preocupándose de qué echarle al puchero.

Cuánto me alegro, maestro. Sobre todo porque, como dice la copla, al arriba firmante lo que más le alegra es comer jamón serrano de pata negra y oír a un flamenco contar un chiste. Contarlo además como Dios manda, o sea, dándole a uno igual el chiste que sea, y atento a la manera, que es donde está el duende, por la gloria de mi madre; como una vez que oí a Paco Gandía, que es un monstruo, comprándole un periódico a Curro el de la Campana en la esquina de Sierpes, en Sevilla, y tuve que sentarme en la confitería para no caerme al suelo de risa. Mi mujer, que es rubia y de Huesca, dice que no le ve a usted la gracia. Pero ya sabe usted, don Gregorio, que en España los chistes según y cómo. De Despeñaperros arriba, la historia necesita gracia. De Despeña-perros abajo, el chiste nos da igual. La guasa está en quién y en cómo lo cuenta' Y cuanto más largo, mehó.

Pero me desvío del tema. Lo que quería decirle es que el otro día, mientras me contaba usted el del mono que le endiña el diodeno vaginal al león, o sea, yo le miré los ojos y me encontré de pronto allá, al fondo, toda la tristeza lúcida y resabiada de quien ha hecho muchas palmas y ha cantado muchas coplas mientras la vida le daba, por lo bajini, más cornás que un Vitorino loco. De pronto -y disculpe, maestro, si me meto en lo que no me importa- me pareció verle en las arrugas del careto, en las patillas y el pelo en caracolillo tras la oreja, en esos ojos tranquilos y zumbones, mucha cátedra de la vida y de la puñetera condición humana. De esa que tienen los viejos flamencos; la que nadie, le cuenta a uno sino que se aprende palmo a palmo, noche a noche mirando la vida desde el tablao, entre guitarristas y bailaoras de faralaes llenos de zurcidos, alegrándole la noche de sangría barata a rebaños de guiris que ni entienden lo que se les canta ni se les baila, ni maldito lo que les importa, o a señoritos de fino La Ina y pameses, bautizo en el cortijo, boda, despedida de soltero, cuéntanos otro, Chiquito. Esa mariquita que va por la calle. Ja, ja. Etcétera.

Por eso me alegro tanto de lo suyo, don Gregorio. Aparte de haber enriquecido con un par de nuevas palabras el lenguaje de los españoles -más de lo que han hecho en su vida muchos ilustres escritores y académicos-, es bueno que de vez en cuando aquí triunfe alguien que merezca la pena, no por lo que cuenta, sino por lo que es y lleva a cuestas en su vieja y abollada maleta. En este país donde el éxito suele ir ligado a niñatos canta-mañanas que nacen de pie, a demagogos de lágrima fácil o a tiburones de moqueta, compadre y pelotazo, usted, merced al único golpe de suerte de su vida, se lo acaba de montar a puro huevo, y eso tiene mucho mérito y nunca estará del todo pagao. Porque la gente no sabe que un flamenco contando un chiste es lo más trágico del mundo, y de ese desgarro es, precisamente, de donde sale la gracia. A ver si no, de qué. A ver cómo sobrevive uno en esta casa de putas si se lo toma, encima, por la tremenda.

En cuanto a lo que el diodeno dé de sí, bueno estará y usted lo sabe. Hay gente que sale en la tele y cree, ¿verdad?, que lo de firmar autógrafos y lo de muy bueno lo tuyo es algo que dura toda la vida. Parece mentira, pero en este país donde a uno lo aplauden y al día siguiente lo apuñalan con idéntico entusiasmo, menudean fistros con menos futuro que un espía sordo, de esos que creen que el triunfo llega y no se va nunca. Pero a usted, don Gregorio, no hay más que mirarle la cara. Usted tiene más mili que el cabo Tres Forcas, y nadie tiene que contarle de qué está hecho el éxito. Sobre todo el éxito de la tele, que suele actuar como un macró con las lumis: las pone al punto en las mejores esquinas y luego, cuando están quemadas y hechas polvo, las cede a los compadres de los puticlubs, a precio de saldo.

Así que Dios lo bendiga, maestro. Y que le dure.

20 de noviembre de 1994

domingo, 13 de noviembre de 1994

La foto a traición


Antes, los recaudadores del Estado te quemaban la cosecha y violaban a las doncellas, y a uno siempre le quedaba el recurso de cargarse a un par de ellos y echarse al monte: era incómodo, pero te desahogabas. Ahora no. Llegan con un ordenador, te envuelven en los tentáculos de los boletines oficiales, y vas listo. Verbigracia: la Dirección General de Tráfico se dispone a aplicar un nuevo sistema de notificación de multas para que no se escape ni el Correcaminos. La cosa consiste en dar por notificada legalmente la sanción a través de su publicación en el boletín oficial de la provincia o en los tablones de anuncios del ayuntamiento local, cuando no se tenga éxito en la localización del interesado. O sea: que si no te paran en la carretera, ni lees los boletines y los tablones de anuncios, un día te dicen hola buenas los picoletos y te encuentras con que llevas seis años conduciendo sin carnet y tienes multas acumuladas como para embargarte el piso. O incluso más bonito y emocionante; de pronto van y te comunican del banco el embargo de tu cuenta por una sanción desconocida de un día que -dicen-, sin darte cuenta, te saltaste un ceda el paso en Talavera.

Y es que ésa es otra. Hay conductores de los que llegan dándote las luces cuando estás adelantando para que te arrojes a la cuneta y dejes franco el paso, virtuosos de las dieciséis válvulas que deben de tener mucha prisa por ir a visitar a la madre que los parió. También hay camioneros asesinos circulando por encima del límite en días de lluvia, o autobuseros que se te pegan al parachoques trasero a ciento veinte, para que espabiles. A los citados y a algunos otros me parece de perlas que los multen, los embarguen y los cuelguen por los pulgares en la gavia del palo mayor. Pero no es frecuente. Lo normal es que la sanción provenga de cuando, en una recta o en una travesía señalizada a 80, pasas a 92 y te hacen una foto. No dispongo de estadísticas ni maldita la falta que me hacen, pero apuesto un vermut a que, en este país, la mayor parte de los ingresos de la DGT vienen de ahí. A los otros hay que perseguirlos, pararlos, localizarlos, y eso lleva tiempo, naturalmente.

Y trabajo. Pero como en realidad de lo que se trata es de recaudar mucho con el mínimo esfuerzo, pues resulta que casi todos los conductores sancionados palman de lo mismo. De lo fácil.

La culpa, seamos justos, no es de Picolandia. Ellos trabajan a piñón fijo, se atienen a las órdenes y al reglamento, y no tienen la culpa de que les hayan cambiado el tricornio por la gorra de recaudadores públicos. Bastante vergüenza tienen que pasar emboscados en las cunetas como los merodeadores de caminos que antaño ellos perseguían, para pegarle un flashazo a traición al que le pisa a fondo por una recta de los llanos de Albacete. Porque un guardia civil como Dios manda tendría que estar, piensa uno, con el amoto o el coche listo para salir zumbando con el pirulo a toda mecha y la sirena haciendo pi-pa-pi-pa detrás de los malos, como en las películas, o para ayudar al que se queda sin agua del radiador, llevar parturientas a urgencias y proteger como mayorales de charol a esos toros de Osborne a los que Borrell quiere dar matarile porque estropean el elegante paisaje de sus autovías de diseño.

Y sin embargo, ahí los tienen -me refiero a los picoletos- tendiendo emboscadas a Mariano y su familia cada fin de semana, con esos coches de los que tan orgulloso se muestra el director general de Tráfico, con radares móviles, escáner y toda la parafernalia, que ya sólo falta ponerles un logotipo con el signo del dólar, caja registradora y una terminal de tarjetas de crédito. Pero estamos en España, así que todo se andará. Con el tiempo y unas cañas.

(Añadiré, para curarme en salud, que en veinticinco años de carnet no me han multado más que un día que cambiaron un ceda el paso de toda la vida por un stop, y yo fui el primer pardillo que pasó por allí aquella mañana. Me lo tragué de marrón total, y los picos que estaban al acecho sabiendo que era día de colecta fueron simpáticos dentro de lo que cabe, y de no ser por las diez mil que me clavaron, los tíos, todavía me estaría riendo. Así que luego, cuando algún lector ofendido le escriba al director para cagarse en mis muertos como cada semana, no vaya a decir que si respiro por la herida abierta y que si tal y que si cual y que se me ve el plumero. Lo que pasa es que he tenido más suerte que otros y, salvo el maldito stop, no me han cazado nunca. Aunque después de este desahogo, ya se pueden figurar. El día que tenga prisa y me retraten, la foto va a salirme por un ojo de la cara).

13 de noviembre de 1994

domingo, 6 de noviembre de 1994

Antes nos moríamos mejor


Antes nos moríamos de otra manera. Salvo accidentes, guerras e imprevistos, los españoles decían adiós muy buenas en el dormitorio de su propia casa y, según las esquelas del ABC, tras larga y dolorosa enfermedad. Eran los nuestros unos óbitos dignos y meridionales, con la familia alrededor, los hijos diciendo papá no te vayas y las vecinas rezando el rosario en la cocina, entre copita y copita de anís del Mono y agua de azahar. Se oía una campanilla, llegaba un cura rezando latines, y una de dos: el agonizante decía pase usted padre, con cristiana serenidad, o lo mandaba a freír espárragos con la mujer y las hijas diciéndole hay que ver, Paco, papá, cómo eres, te vas a condenar. Morirse en España era morirse uno en la cama como Dios manda, protagonista del último acto de su vida, libre de aceptar o rechazar los santos óleos, bendecir a la progenie o, llegado el momento supremo, incorporarse un poco sobre la almohada y decirles a los deudos con el último suspiro eso tan satisfactorio y tan castizo de podéis iros todos a la mierda.

Además, era instructivo para los niños. Ahora los quitan de en medio en el acto, no sea que vayan a traumatizarse con el espectáculo, y así salen después los nenes, creyendo que no van a morirse nunca y que la enfermedad y el dolor son cosa exclusiva de los bosnios y los negritos de Ruanda. Al arriba firmante le dejaron de fumar casi todos los ancestros en casa, y recuerdo perfectamente a dos, llevándome de la mano para darle un último beso al abuelito y a la abuelita cuando ya estaban tiesos como la mojama. A otro abuelo ayudé a amortajarlo personalmente con quince años, y recuerdo que mi padre le quitó de la solapa el clavel chulapón que yo, en un exceso de celo, le había puesto buscando un póstumo toque elegante. Claveles aparte, no me quedó ningún trauma, sino todo lo contrario. Todo aquello tenía algo de solemne, de lección de vida y de aprendizaje.

Pero la muerte ya no es lo que era. Ahora vas y te sientes un día un poco pachucho, el yerno te lleva al hospital en el Opel Corsa, y de allí ya no sales. Como si acabaras de caer en una trampa, te ponen un pijama, te llenan de tubos, una enfermera cuarentona pero de buen ver te dice tranquilo, abuelo, esto no es nada, y te pasas la agonía mirando el techo blanco de la habitación de la clínica, con la familia llorosa yendo a verte de cuatro a cinco, y los parientes lejanos de tu vecino de cama, que palmó ayer por la tarde, equivocándose de visita y despertándote en mitad de la siesta para decir qué buena cara tienes, tío Mariano, sin saber que al tío Mariano lo enterraron a las doce. Si duras lo suficiente tendrás varios vecinos de cama: desde el que no te deja dormir por las noches con la tos hasta ese otro con el que haces amistad y su mujer, una santa, te da conversación y hasta se ofrece a traerte la chata o el lagarto para que te alivies por las noches. Eso es lo bueno de los hospitales: que mientras te mueres, conoces gente.

Y después, que esa es otra, viene lo del tanatorio. Porque antes llegaban los del Ocaso S. A. a casa y te ponían en una caja de pino, recién afeitado, con el traje de los domingos que sólo te faltaba en el bolsillo el cigarro puro y la entrada para ir a los toros, y después se iban congregando los vecinos y los amigos en el vestíbulo, y la escalera, Y la calle, antes de que te sacaran a hombros, por muy mal que lo hubieras hecho, para conducirte solemnemente a tu última morada, con las hijas diciendo que no se lleven a papá y una corona con la inscripción Tus compadres de mus no te olvidan.

Ahora, sin embargo, ponen un biombo mientras te amortajan con una sábana del hospital y te sacan discretamente, a escondidas, como si palmarla fuera algo vergonzoso, y te llevan a toda prisa al tanatorio donde hay ocho o diez funerales a la vez, y la gente llega y pregunta éste es el entierro número diez, y le contestan no, éste es el número ocho, el diez es la puerta quince, allí donde llora esa señora. Y aquello ni es funeral ni es nada, todo el mundo mirando el reloj porque hay que desalojar la sala a la hora justa, música de casettes que un día igual se equivocan y te ponen a los Ronaldos mientras el cura -con sandalias y camiseta- despacha el requiéscat con dos mantazos y media estocada. Y para postre, el nicho tiene tu nombre con letras pegadas de rotulit de ese, que se caen a los tres días, y encima el yerno sugiere que pongan tu foto. Y allí te quedas, en óvalo, mirando al personal con cara de panoli cada uno de noviembre, cuando vienen a cambiarte las flores de plástico.

6 de noviembre de 1994

domingo, 30 de octubre de 1994

Se nos caen


Estaba el otro día el arriba firmante echándole un vistazo al monasterio de San Millán de la Cogolla cuando, con eso de las lluvias y lo demás, se cayó del techo un pedrusco. Comentando el tema con uno de los frailes que de aquello se ocupan, pregunté, ingenuo: "¿y qué dicen las autoridades culturales?". A lo que el digno freiré repuso, con un repuntín de mala leche: "Unos dicen ya veremos y otros nos aconsejan rezar".

Ignoro lo que rezar da de si en cuanto a la conservación de monumentos históricos -sin duda es mano de santo- pero la cifra del ya veremos me la contaron el otro día: 733 millones de pesetas son los presupuestos del Ministerio de Cultura destinados este año a la conservación de las catedrales españolas. O sea, un pelín más de lo que cuesta una casa de las que se construyen los tiburones guapos de la economía del pelotazo y sus, consortes alicatadas hasta el techo. En cuanto al presupuesto destinado al género menor, los monasterios como San Millán, el Ministerio de Cultura ha decidido tirar la casa por la ventana, destinando 160 millones. Así que mucho me temo que la oración seguirá siendo necesaria, a falta de algo más concreto como gravilla y cemento. Quizá porque el cemento lo gastan algunos en maquillarse cada mañana.

En cuanto al presupuesto catedralicio, echen ustedes cuentas. Reconstruir un solo pináculo de la catedral de Burgos, por ejemplo, cuesta un millón, poco más o menos. Y repartiendo 733 millones entre las 86 catedrales españolas, resulta que tocan a ocho kilos y medio por catedral. Es decir, a ocho pináculos y medio. El argumento oficial, cuentan, consiste en que no hay más dinero para catedrales porque éstas son propiedad de la Iglesia. Pero la Iglesia dice que venga ya, hombre, de qué vais, que entre convertir a Rusia y los infieles, y los viajes para que su Santidad les diga a los negros que no forniquen y a los indios que no aborten, o viceversa, a la nave de Pedro no le queda viruta ni para el cirio pascual. Total: que los obispos y los párrocos y los deanes se las arreglan como pueden, y el día menos pensado una cornisa gótica nos va a desgraciar a un turista, y se van a largar todos a Francia, donde las bóvedas de las catedrales están como Dios manda, y no pegadas con barro y salivilla, como aquí, sostenidas a pulso por cuatro curas y el cepillo dominical de dos feligreses con vergüenza torera.

En fin. Uno comprende que con las catedrales y sitios así no pasa lo mismo que con la Expo 92, o con el Ave. Llevan hechas varios siglos, y uno no puede apuntarse el tanto de salir inaugurándolas en los telediarios, porque ya están inauguradas de sobra. Como tampoco es lo mismo pasear por la catedral de Lugo o por la Seo de Urgell, lo que supone una vulgaridad al alcance de cualquiera, que ponerse de tiros largos, con pajarita y visón, la noche de reapertura del Teatro Real de Madrid (4.000 millones en el presupuesto) o del Liceo de Barcelona (1.000 kilos), que eso sí queda vistoso, tiene marcha social y pueden enviársele tarjetas de invitación a Almodóvar, en brillante combinación de la modernidad con el diseño y la cultura. Y si de paso allí puede oírse música, pues oye. Malegro.

Es curioso comprobar cómo la Cultura con mayúscula, la que no es vistosa de chundarata y muy bueno lo tuyo, ni rentable políticamente, sólo preocupa cuando uno está en la oposición, como esos arrebatos que, al ruido de las piedras que se caen, acaban de entrarle de pronto a algunos oportunistas miembros de otros partidos que no gobiernan, como si en este país no nos conociéramos todos; en esta España hermosa y desdichada donde tanto hijo de la gran puta fue capaz, en los intermedios, de pintar cuadros, escribir libros, construir iglesias y catedrales que ahora enseñamos a nuestros zagales porque sus piedras albergan nuestras claves y nuestra historia. Y todo eso, que no es patrimonio de la Iglesia ni del Estado, sino alma y conciencia de todos y cada uno de nosotros, se nos cae a pedazos.

Pero la culpa es nuestra. Y lo es por consentir, con tanto mirar hacia otro lado y tanto silencio cómplice, la impunidad de golfos pasteleros capaces de vender la lápida de su madre por un Mercedes con chófer y teléfono mientras imprimen su mediocridad y su bastardía cultural en los restos de nuestro orgullo y nuestra memoria. Así que tal vez el futuro depare lo que entre unos y otros andamos buscando: muros sin techo, ruinas por el suelo y un guía diciéndole a aburridos escolares con gorritas de béisbol vueltas hacia atrás: aquí estuvo, aquí fue. Quizá merezcamos de verdad irnos todos al carajo.

30 de octubre de 1994

domingo, 23 de octubre de 1994

Principitas y princesas


Pobre Lady Di. Siempre tan flaca y tan lánguida a la salida del gimnasio, con su carita de pena que da gana de cantarle quién te pintó esas ojeras, como a la Campanera de la copla. Observen esos ojitos moraos de tanto sufrir, esas carreras que se pega de vez en cuando para eludir a los fotógrafos y por fin, abatida, al límite, ese conmovedor estallar en sollozos ante los flashes implacables. Tan sola, tan acosada, tan malinterpretada ella. Y ahora resulta que un novio que tuvo siendo ya princesa consorte va y escribe un libro para contar que en los momentos íntimos ella lo llamaba Winkie.

Ustedes me van a perdonar, pero eso de llamarle Winkie a un fulano es la gota que colma el vaso. Podía haberlo llamado corazón mío, por ejemplo, que es más qué sé yo, o Cachito. Incluso mi héroe, ya que el susodicho era comandante de caballería hasta que lo echaron de la mili por largón y por bocazas. Pero no. Tenia que llamarlo Winkie. Y él a ella, en justa correspondencia -ruborícense, como yo- la llamaba Dibbs. O sea, Dibbs esto y Dibbs lo otro. ¿Gozas, Dibbs?

A mí, qué quieren que les diga, Lady Di me cae bastante gorda. Moralidades e instituciones monárquicas aparte, una no puede llegar y meterse en ese tipo de jardines con el pretexto de que nadie le había dicho que la vida de principita iba a ser así. Si cuando el Orejas empezó a susurrarle ojos azules tienes se hubiera preocupado de ir al cine y enterarse de qué iba la cosa, otro gallo le habría cantado a la niña Spencer. Habría visto, sin ir más lejos, a Grace Kelly y Alec Guinness en El cisne, explicando lo que es un matrimonio de Estado, a Audrey Hepburn y Gregory Peck en Vacaciones en Roma, o a Deborah Kerr y Stewart Granger diciéndose adiós en El prisionero de Zenda. Porque una cosa es decirse cuchi-cuchi y otra hacer de eslabón en la cosa dinástica, que a fin de cuentas es la madre del cordero de todas las monarquías serias que en el mundo han sido.

Pero no. Dibbs, tan frágil, tan dulce, tan romántica, quería ser rubia, guapa, principita de Gales, parir un rey para Inglaterra, envejecer como reina madre y, además, ser feliz. O sea. Y claro, cuando la vida adulta le dijo hola buenas, en vez de encajar la cosa como se encajan ese tipo de cosas, como gajes del oficio, empezaron las confidencias a las amigas íntimas, las lagrimitas en el hombro de los amigos de toda confianza, el no sabes la última de Carlos, etcétera. Y claro, una vez se levanta la veda, se levanta para todos. Total. Que María de la O Spencer le ha hecho más daño a la monarquía británica en unos años de matrimonio que el que hubiera hecho Buenaventura Durruti como director de informativos de la BBC.

Y es que -como decía mi abuela María Cristina, monárquica hasta la peineta- las princesas no se improvisan, y la culpa la tienen los consortes que, además de ser unos irresponsables, se las quieren dar de originales y de modernos y se casan con aficionadas. Porque una monarquía, y más tal y como está el patio, es una cosa muy delicada. Y una futura reina encargada de sostenerla con su talento y sus reales vástagos no se hace de la noche a la mañana, sino que responde -disculpen el si-mil taurino- a una cuidada selección de casta y educación para el oficio. Una princesa es una señora, y las señoras no sueltan lagrimitas en público ni van llamando Winkie a la gente. Una princesa sabe lo que se juega cuando se casa, y también sabe a lo que renuncia porque la educaron para ello con esmero, consciente de que, en ese ejercicio profesional, la felicidad es deseable, posible incluso, pero no forzosamente obligatoria. De lo contrario, todo el mundo querría ser princesa. No te fastidia.

Estamos hablando de princesas de verdad, claro. Por eso, aun sin que el fervor monárquico me quite el sueño, me caen bien las nuestras, que incluso siendo jóvenes han sido educadas para que se les note sólo lo imprescindible. Me apuesto lo que quieran a que ni la una ni la otra saldrán nunca en la prensa del corazón soltando lagrimitas ni diciendo gilipolleces. Pero es que ellas son princesas, claro. Profesionales de verdad, y no sucedáneos de esas que se lían con guardaespaldas y con chulos de discoteca. Aunque incluso estas últimas terminan sentando la cabeza en cuanto un marido inteligente les coge el punto. Fíjense si no en las chicas monegascas, a quienes sus respectivos -Stefano, que en paz descanse, y el otro, el madero- retiraron del pendoneo teniéndolas preñadas continuamente. Y ahí están ahora, con hijos por todas partes, hechas un par de señoras.

23 de octubre de 1994

domingo, 16 de octubre de 1994

Los viejos reporteros


Ya no quedan. Y de los que una vez lo fueron, estamos enterrando a los últimos de Filipinas. De vez en cuando llegan cartas de jovencitos, de esos que duermen mal y sueñan despiertos, preguntando cómo se hace. Pero ya no se hace. Ahora hay periodismo serio y equipos de investigación, y se adiestran robots con la minga fría, conectada a un ordenador. Ahora incluso, creo, hay una asignatura de ética profesional en las facultades. Ahora todos tenemos la Certeza con mayúscula sentada en el hombro y la obligación de ser responsables, la misión de liderar opinión, salvar la democracia, garantizar la libertad de expresión y cosas así. Ahora, periódicos y periodistas se toman tan en serio a sí mismos que aburren a las ovejas. Así que, aburridos, los viejos reporteros van y se mueren.

El último ha sido Yale. Le cerraron la última edición el otro día en Toledo, con edema pulmonar agudo y una copa en la mano. Los jóvenes plumillas y sus lectores ya no saben quién fue Yale, ni maldita falta que les hace. Pero una vez, con veinte años, el arriba firmante llegó al diario Pueblo de pardillo total, y un cojo con acento cordobés y muy mala leche le dijo:

-¿Llevas aquí tres días y aún no tienes el teléfono de Lola Flores...? ¡Pues tú, chaval, eres una mierda de periodista!

Aquel fulano del teléfono tuvo seis mujeres y ocho hijos, se coló vestido de enfermero en el hospital donde el yerno del Caudillo hacía trasplantes de corazón -aquella España era la monda-, viajó en el avión de Perón, fue a Vietnam, entrevistó a estrellas del cine, a criminales y a folklóricas, agotó reservas de alcohol y tabaco, se encamó con señoras propias y ajenas, y firmó cinco mil veces en primera página cuando para firmar en primera página había que jugarse la magra hacienda y la libertad por conseguir una exclusiva: o sea, mentir, trampear, adoptar falsas identidades, sobornar a funcionarios, guardias y secretarias, ir a los velatorios haciéndose pasar por íntimo del fiambre y, además, robar la foto de boda, con marco de plata y todo, para publicarla en primera. Y de paso, empeñar el marco.

Ya no hay periódicos ni periodistas así. Llegué al oficio cuando estaban a punto de irse, y tuve la suerte y el privilegio de echar los dientes con ellos. De Yale, Tico Medina, Julio Camarero, Carril, Amilibia, el joven Raúl del Pozo, Manolo Alcalá, Germán Lopezarias y tantos otros, los vivos y los muertos, conservo el amor profundo por aquel periodismo bronco, caliente, hecho de olfato y de oficio, donde tantos de ellos se dejaron la salud y la vida. Aquella droga que cada amanecer, bolingas y de arribada, les manchaba los dedos de tinta fresca, con grandes titulares en primera y su firma en un recuadro.

Firma que fue, por otra parte, su único patrimonio. Porque vivieron siempre a salto de mata, dando sablazos a los directores y a los amigos, trampeando y bebiéndose la vida a chorros, quemándola cada día entre el plomo de las linotipias. Fueron golfos, puteros, tahúres, escépticos y resabiados, pero los redimía siempre aquella manera de salir disparados sin decírselo a nadie cuando olfateaban la noticia, la pasión violenta con que vivieron la vida que habían elegido vivir. Nunca, que yo sepa, pretendieron hacer nada trascendente, convertirse en líderes de opinión o en misioneros salvapatrias. Su adversario fue siempre la Autoridad, bajo cualquiera de sus formas, y con ella se echaban un pulso diario. La objetividad les daba mucha risa, y jamás la estricta realidad les estropeó un buen reportaje. En cuanto a la popularidad, les importaba un carajo salvo por el dinero que podía producir. Fueron honrados mercenarios de la noticia, capaces de vender la virginidad de su hermana por una exclusiva, pero leales hasta la muerte a sus amigos y al periódico, a la cabecera que les daba de comer.

El mundo ha cambiado. Ya no hay sitio para ellos ni para su periodismo vespertino, cimarrón, bohemio, entrañable, y quizá sea mejor así. Pero lo cierto es que los echo de menos, y daría cuanto tengo por encontrarme de nuevo en aquella vieja redacción, tímido y jovencito, sin osar abrir la boca, mirando con reverencial respeto las mesas donde, entre humo de tabaco y tazas de café, los vi jugarse al poker la paga del mes, vaciando botellas a la espera de salir disparados con un fotógrafo rumbo a cualquier sitio donde ocurriese algo. Ahora ya tengo el teléfono de Lola Flores, a quien por cierto no llamé nunca. Pero cada vez que me lo tropiezo en la vieja agenda, sonrío a la memoria de las viejas putas que me enseñaron el oficio más duro, más ingrato y más hermoso del mundo.

16 de octubre de 1994

domingo, 9 de octubre de 1994

La chica del burguer


Era viernes por la noche, casi la hora de entrada de los cines. La hamburguesería estaba llena hasta los topes, y ella -que llevaba puesto un espantoso gorrito de colores y tenía el aire cansado- se movía entre los envases de plástico, el mostrador y el micrófono para los pedidos. Una hamburguesa doble, patatas fritas, uno de jamón y queso, repetía con voz monocorde yendo y viniendo como una autómata, la mirada ausente, agotada. La imaginé levantándose muy temprano, allá en cualquier barrio a una hora de metro del centro de la ciudad. Debía de estar siendo una de esas jornadas laborales largas como un día sin pan, y se le notaba en los ojos con cercos de fatiga, en la forma en que preguntaba qué va usted a tomar sin mirarte siquiera la cara. Ignoro cuántas hamburguesas llevaba despachadas aquel día. Quinientas. Mil, quizás. Cualquiera sabe.

Creo que en otro momento del día, vestida de otra forma y sin aquel inmenso cansancio asomándole a los ojos, habría parecido bonita. En la cola, pidiendo hamburguesas y cocacola, veinteañeras de su edad comentaban la película que iban a ver dentro de un rato. Ropa cara, etiquetas, zapatos de marca, tejanos de los que salen en la tele, cosas así. Chicas de las que pueblan los anuncios de no se nota, no se mueve, no traspasa. Yogurcitos, que diría mi amigo Salvador Gracia Segovia, en su celda de castigo del Puerto de Santa María. Y allí estaba ella echándole horas al otro lado del mostrador, con aquel ridículo gorro en la cabeza, sirviéndoles hamburguesas para que pudieran luego irse a ver a Schwarzenegger a gusto, con la tripita llena. Total. Que pagué mi whopper con queso, Cobró mirándome sin verme -observé que tenía mordidas las uñas-, respondió con un mecánico «a usted» a mi «gracias», y salí de su vida sin haberme asomado siquiera a ella. Después me senté en la terraza de un bar próximo a la hamburguesería, a echarle un vistazo a ese libro que ha escrito Mario Conde, y que resulta más estremecedor por el infame ganado que describe que por lo que cuenta. Y al poco la vi salir. Debía de haber terminado por fin su turno, porque vestía ropa de calle y se detuvo un instante en la acera, mirando alrededor. El chico estaba apoyado en una jardinera. Llevaba el pelo largo y revuelto, una cazadora de cuero, botas y una moto de mensajero, Rayo, leí, o algo así. Entonces ella fue hacia él y se le abrazó como un naufrago puede abrazarse a un salvavidas. Y se besaron, y yo volví con Mario Conde.

Después, al rato, alguien dijo algo en la mesa de atrás sobre la juventud, y sobre los ideales, y sobre la falta de no sé qué, y yo cerré el libro, y miré hacia el tráfico que se había tragado media hora antes a la pareja, y me hubiera gustado volverme y decir de qué juventud habla usted, señora. De esa que sale en los anuncios y en las encuestas sobre universitarios y en la ruta del bakalao, de su sobrina Maripili, señora, que la preñó el novio que estudia Arquitectura, una tarde, porque se aburrían viendo el Principe de Bel Air, o de la otra, la que se levanta a las seis de la mañana y se pega una hora de tren, de metro o de autobús, para estar después ocho o diez horas sirviendo hamburguesas, enlatando pimientos o limpiando casas ajenas a fin de llevar un jornal a su casa. De esos jóvenes que trabajan y luchan o quieren hacerlo, de las parejas que aún tienen veinte años y ya parieron hijos que solo heredarán la cola del paro, la ausencia de esperanza. De los miles de jóvenes engañados, estafados, puestos en la Calle De Ahí Te Pudras por esa cuerda de trileros que, con los votos de mi generación, prometió ponerles un piso y atar sus perros con longaniza, y que ahora empezará a esfumarse impune y discretamente, como de costumbre, dejando esto hecho un solar. Y el que venga detrás, que arree.

Aquella tarde me hubiera vuelto para decir todo eso hacia la mesa de atrás. No sea barata y facilona, señora. Mueva el culo, cruce la calle a masticar una hamburguesa en día de fiesta y jolgorio juvenil, y eche un vistazo detrás del mostrador antes de mezclar las churras con las merinas. So capulla.

Al menos, me dije, la chica de la hamburguesería y el mensajero de la moto se besaban en la boca despacio, con infinita ternura, y eso era algo que nadie les podía quitar. Tal vez en ese momento se acariciaban el uno al otro, abrazados en algún lugar al extremo de la ciudad, y la hamburguesería, la moto, el resto de este jodido país y del jodido mundo estaban a miles de años luz, muy lejos. Entonces les dediqué una sonrisa amarga y cómplice, pedí otra cerveza y volví al libro de Mario Conde.

9 de octubre de 1994

domingo, 2 de octubre de 1994

Ahí nos las den todas


Contaba mi abuelo que una vez, durante cierta airada discusión parlamentaria, un diputado recibió una bofetada de manos de un miembro de la oposición. Volvióse entonces hacia sus correligionarios y, alzando el gesto y la voz, clamó: «Señores: la República acaba de recibir una bofetada», A lo que el sentido común de la cámara repuso, unánime: «Pues ahí nos las den todas».

Ignoro si la anécdota es cierta o sólo bien hallada, pero el demagógico cante de aquel fulano parece de ahora mismo, en este país donde todos nos hemos vuelto tan susceptibles y tan finos, tan de mírame y no me toques. Alguien dice públicamente, por ejemplo, que Curro Triana, presidente autonómico de Andalucía Oriental -no sé si captan mi astuta forma de nadar y guardar la ropa- pronuncia graziozo en lugar de gracioso y antes de dedicarse a la política regentaba un negocio de ultramarinos, y el tal Curro, jaleado por sus palmeros finos, salta en el acto como una fiera diciendo que acaban de acusar a los andaluces de ser un pueblo de tenderos analfabetos.

El mero hecho de que el que el arriba firmante haya escogido Andalucía Oriental para ilustrar el asunto, y no, a ver, no sé, el Bajo Llobregat, por ejemplo, es ya de por sí buena prueba de a qué me refiero al hablar de susceptibilidades y de marear la perdiz. En estos tiempos de integrismos coyunturales y de tanto morro, uno tiene que tentarse mucho la ropa al hablar de según qué cosas, si no quiere que lo acusen de practicar el centralismo fascista o la agresión autonómica en dos folios y medio. Vivimos en un país donde todo quisque anda a la que salta, en busca de ofensas reales o ficticias, de bofetadas que rentabilizar en su beneficio. Donde cualquier cacique local, cualquier alcalde pedáneo de quince vecinos, cualquier mañoso cualificado, es capaz de autoerigirse en símbolo y en bandera de lo que sea, mientras ejerce de aprendiz de brujo con una alegría, una irresponsabilidad y una soberbia inauditas, agitando viejos demonios. Consciente de que quien no llora, no mama.

Lo cierto es que me aburren hasta arriba. Me aburre no poder mentarle la madre a un fulano concreto cuando dice una gilipollez, porque resulta que al criticarlo ofendo a su patria, su RH y su lengua vernácula. Me aburre mucho tanto sacar conejos de la chistera, convertir cuestiones personales o partidarias en tragedias locales, municipales, comarcales, autonómicas y nacionales. Me aburren los hipócritas que se escudan tras las banderas y la demagogia barata y garbancera, olvidando lo que cualquiera en este país recuerda con atroz claridad: nuestra facilidad para el motín, el paredón, la envidia, el escopetazo a la vuelta de la esquina y la secular inclinación al degüello que tiene esta tierra donde tan acostumbrados estamos a vivir bajo la sombra de Caín. Donde las guerras civiles no son coyunturas históricas, sino simples estados de ánimo.

Por eso me parecen detestables tan vulgares alardes de mala memoria y mala fe. O, peor aún, el desprecio ante las consecuencias a largo plazo de lo que uno destapa en política. Pues hay que ser muy estúpido o muy canalla para ignorar que aquí basta un trasvase de un río a otro, una reconversión inoportuna, una cuestión de bosques comunales o un viejo pleito municipal para que la gente se eche a la calle dispuesta a sacarle al vecino los higadillos. Sin embargo, nunca escasean padres de la patria, ni presidentes autonómicos, ni alcaldes, ni pasteleros, ni oportunistas a la que salta, dispuestos a calentar los ánimos y sacar partido del asunto. A aprovecharse de los trenes baratos y después, cuando viene la factura, elevar a general y colectiva la categoría particular de la bofetada.

Hay países, conjuntos de naciones y lenguas, que se formaron por acuerdos pacíficos y educadas solicitudes de adhesión, pero son los menos. A casi todos nos hicieron con la guerra y con la sangre, y quien lo niegue es un cantamañanas y un perfecto imbécil. En cuanto a España, aquí nadie puede alardear ya de más oprimido que otros: a todos nos arrasaron alguna vez el pueblo o la ciudad, un recaudador de impuestos nos quitó la cosecha, un moro, un cristiano, un soldado del rey nos degolló al abuelo, un guardia civil nos dio culatazos y un vecino guerrillero, republicano, monárquico, carlista, liberal, falangista o lo que sea, nos fusiló a otro. Pero todo eso, en 1994, ya no es malo ni es bueno. Sólo es Historia. Hacer con ella encaje de bolillos, tocar a rebato, desenterrar fantasmas para que vayan a las urnas en nombre de uno, no es un inocuo ejercicio de habilidad política. Es una peligrosa manipulación, y es una golfería.

2 de octubre de 1994

domingo, 25 de septiembre de 1994

El Domund en Marbella


Leo en el Semana que los famosos de Marbella han hecho una fiesta para solidarizarse con los niños de Ruanda, y se me saltan las lágrimas de emoción. Para que luego digan. Allí estaban todos dando la cara por los negritos, como en el Domund. Sacrificando una de sus noches para, en vez de dedicarle calles a Lola Flores o celebrar el cumpleaños de Jaime de Mora y Aragón, que es lo normal, lanzar al mundo un alegato de solidaridad y coraje. No había más que ver esas fotos de Gunilla, de Espartaco Santoni, de todos, en fin, unidos con Ruanda como una piña. Fue muy bonito, qué quieren que les diga. Muy emocionante y hermoso.

Y es que lo confieso aquí, con la cabeza muy alta. Cada mañana, el arriba firmante desayuna leche con colacao, crispis y una revista del corazón. Y hace años que éstas no tienen, secretos para mí. Lo sé todo sobre vedettes, folklóricas, hijas de folklóricas, cantantes, actrices, y sobre sus respectivos chulos. Conozco al dedillo las inquietudes intelectuales de Marta Sánchez. Seguí con suma atención lo de los ovarios de Lolita, aplaudí el parto simultáneo de Miriam Guisasola y María Suelves, controlo el prometedor curriculum de Chabeli, y no me pierdo accidente de Alfonso de Hohenlohe, cumpleaños de Rociíto ni embarazo de Norma Duval. Soy capaz de averiguar de un vistazo si al barón Thyssen le han hecho la foto recién levantado o después del desayuno, y conozco todos los modelos de camisita y canesú que usan Paquirrín y su tío Agustín. Además, Carmen Ordóñez me parece la mujer más guapa de España.

Fíjense hasta dónde llegará mi adicción a la cosa, que hasta dejo páginas dobladas a modo de señal para continuar a la mañana siguiente, y agarro unos cabreos tremendos cuando tiran las revistas a la basura. Y me quedo a medias sobre cómo de golfos le gustan los hombres a la nieta de Bismarck, o respecto al tamaño de las tetas que trajina ese intachable caballero apellidado Santoni. Incluso, en ratos libres, practico un divertido juego de sociedad; algo parecido al juego de las familias. Consiste en seguir la cadena de la popularidad averiguando por qué son famosos Fulanito, o Menganita.

Hagan la prueba y verán qué diver. Abrimos unas páginas y hay fotos de un fulano con pinta de chuloputas venezolano, en tanga y bajo el siguiente titular: Luis Eduardo confiesa: «Las mujeres me gustan sumisas». Y uno se pregunta quién es el tal Luis Eduardo y qué en su personalidad y en sus obras da tanto valor a la filosófica afirmación del entrecomillado. Así que me voy al texto y descubro que Luis Eduardo es famoso por ser el marido de Viviane Dunlop. Y quién es Viviane Dunlop, inquiero con ansia.

Hasta que páginas adelante, resulta que la tal Dunlop hace de chacha embarazada por su señorito en la telenovela Mujer cruel, donde el que sí es famoso de verdad es Héctor Alfredo, conocido por hacer de galán junto a la escultural Doris Maracaibo, que una vez se hizo una foto con Julio Iglesias y ahora presenta un concurso en Telecinco. Y el tal Héctor Alfredo vive últimamente en España y canta. Y el otro, el tal Luis Eduardo, asegura que él también está dispuesto a venir a España y cantar, o presentar concursos, lo que se tercie.

Otro ejemplo. Uno encuentra la foto de una joven italiana: Marietta anuncia: «Seré modelo como mi hermana». Y tira que tira del ovillo, vas y descubres que la fama de Marietta proviene de eso, de su famosa hermana, que se llama Gina Dislate y dicen que fue modelo y es conocida por ser la ex mujer de un marqués suizo, que presume de ser primo del rey de Syldavia, que a su vez -el suizo- se hizo famoso al liarse con una actriz que se llama Antoñita Brainstorm, muy conocida en la prensa del corazón por haber sido, cuando era joven impúber, o sea, novia efímera del hijo de un torero que se benefició -el torero- a Ava Gardner.

En fin. El caso es que así paso los desayunos, dale que te pego al papel couché, mientras reprimo el impulso de ir corriendo a Marks & Spencer a comprarme polos como los del conde Lecquio, peinarme como Pocholo Martínez Bordiú, o ir a El Corte Inglés por náuticos de los que luce Bertín Osborne en las fotos con ese pedazo de rubia que ha levantado, el tío. Y mi sueño inconfesable es tener treinta y tantos años menos y que me hagan una foto de primera comunión en el Diez Minutos diciendo que soy el último romance de María Vidaurreta.

Les cuento todo esto para que vean que estoy puesto en la materia y valoro el gesto de Ruanda en lo que vale. Por eso, lo de la fiesta para los negritos me ha tocado mucho la fibra. O sea.

25 de septiembre de 1994

domingo, 18 de septiembre de 1994

Jovencitos sin piedad


Dicen los expertos que los delitos perpetrados por jóvenes son cada vez más violentos, en especial los que cometen adolescentes de 14 o 15 años. Desde el majara que acribilla a su padre a flechazos hasta el imbécil que apuñala a un desconocido tomándose muy a pecho lo del juego de rol, resulta que son los niños y los adolescentes los que más encarnizamiento le ponen al asunto. La verdad es que uno echa mano de las estadísticas y se le eriza la piel: motorista degollado, padres muertos a tiros, niños que linchan a otro niño, abuela masacrada por el jovencito al que daba cobijo, mendigo achicharrado a tiros por dos tiernas criaturas que tiraban al blanco. A diferencia de los adultos, los jóvenes resultan, cada vez más, especialmente despiadados a la hora de liar la pajarraca. Entonces los sociólogos y los psicólogos y los antropólogos van y se preocupan, y hasta se ha convocado un congreso para el mes que viene, en Barcelona, creo, a fin de analizar las causas.

Ignoro cuáles serán las conclusiones, pero dudo que los ponentes vayan a herniarse por su esfuerzo a la hora de investigar causas. Sin ser perito en patología social, cualquier padre atento a la expresión de su hijo ante el televisor, experimenta un desasosiego que le permite hacerse perfectamente idea. Pero hay algo más. Durante mucho tiempo, los meapilas de alma cándida nos han estado vendiendo la moto de que el hombre es bueno y después llega la sociedad y lo estropicia. Y nada más lejos de la verdad, pues esa imagen del niño pequeño bondadoso y tierno, que llora cuando el pajarito se rompe una pata y le lleva sopita a los gatitos recién nacidos, es, si no enteramente falsa, al menos incompleta. Porque no hay nada más ajeno a la noción de bien y de mal, nada más despiadado ni cruel, que un pequeño hijo de puta.

Hagan memoria. Cuando aún somos tiernos infantes, los niños derramamos lagrimitas, queremos lo mismo a papá que a mamá cuando nos pregunta doña Patro, y ese pobre señor que pide limosna en la esquina, mami, nos da mucha pena. Pero al mismo tiempo, como el doctor Jeckill y mister Hyde, ejercemos en ese otro lado negro, inquietante, que es a fin de cuentas el de la contradictoria naturaleza humana. Desde cuando pisamos hormiguitas o lo mismo torturamos al gato que nos choteamos del retrasado mental de la clase, los niños -todos nosotros cuando somos niños- poseen una inmensa veta de crueldad ignorante, en bruto, que una educación adecuada suele combatir, controlar y canalizar después de forma más o menos adecuada, pues ninguna sociedad tolera la agresión interna. Son las normas de la tribu.

Sin embargo, cuando razones sociales o de cualquier tipo, como el fútbol, un juego, la marginación, la guerra, alteran las reglas y hacen saltar los mecanismos de control, el niño, el adolescente, recuperan con más facilidad -es menor el adiestramiento- su condición mortífera. En todas las guerras del mundo, desde Ruanda al Líbano, Camboya o lo que sea, las mayores atrocidades son cometidas por adolescentes casi niños. Y les aseguro que nada produce más miedo en el mundo que un guerrillero o un soldado de catorce años pegándote gritos con un fusil en las manos. La violencia cotidiana pone el gatillo fácil, y los pocos años impiden conocer la piedad; no esa que predican los cantamañanas, sino la auténtica, la que sólo se adquiere con la templanza y la lucidez que dan los años.

Pero no hace falta irse tan lejos como a la guerra. Sobre el terreno abonado de aquí mismo nos llueve de eso cada día. El tiempo de las tortuguitas y los conejitos golosos que devoran frutos sabrosos, de las caperucitas bondadosas y los lobos malos terminó hace mucho tiempo. Esta sociedad desquiciada e infame, sus equívocos valores y sus mitos, moldea monstruos a su imagen y semejanza. Nunca ningún niño obtuvo tanta información como nuestros hijos con sólo sentarse un rato ante el televisor. Información incontrolada, rica y variopinta, donde los viejos tabúes de la tribu se hacen polvo, Y donde las fronteras entre realidad y ficción, entre mundos reales y mundos virtuales, se difuminan.

Así que deseo a los expertos que analicen a gusto las causas de que los delitos juveniles sean cada vez más violentos. Y mientras establecen sus conclusiones, los adultos podemos ir atándonos los machos, pero bien. Porque, con congresos o sin ellos, los niñatos del futuro van a ser la leche. A fin de cuentas, cada cual tiene los gobiernos, la televisión y los hijos que se merece.

18 de septiembre de 1994

domingo, 11 de septiembre de 1994

Golfeando


Resulta que en esta España seca, donde Dios nos dejó el hambre y se llevó el pan, hay ciento sesenta campos de golf. Y resulta, también, que cada campo dedicado a la práctica de este deporte -popular donde los haya- consume, según los expertos, unos 10.000 metros cúbicos de agua por hectárea y año. Y si echan ustedes cuentas resulta, al fin, que multiplicada esa cantidad por el tamaño y el número de campos de golf existentes en nuestro país, sale una bonita cantidad de agua para regar. La misma, fíjense qué casualidad, que consumen las viviendas en una ciudad de tres millones de habitantes. Y todo eso, en la misma época y en los mismos parajes donde, hace mes y medio, agricultores manchegos y levantinos estuvieron a punto de empalmar navajas por un quítame allá esos litros de trasvase.

En estos últimos años de embalses que da lástima verlos, de campañas para la disminución del consumo de agua, de restricciones forzosas con veranos que secan hasta las macetas, con más de media España abriendo y cerrando el grifo a horas fijas, uno se da una vuelta por las proximidades de cualquier campo de golf y allí está el césped con su riego automático, chas-chas, tan verde y lustroso que da gloria verlo.

En tiempo de sequía, a mi vecino Marcelino, por ejemplo, que tiene la manguera fácil, el Ayuntamiento le clava un multazo si lo pillan de noche regando clandestinamente los geranios; pero a mister Mortimer Flanagan, que viene en su avión privado a relajarse un poco dándole al palo en el green le alfombran el paseo sin escatimar hectolitros, porque para eso mister Flanagan es uno de esos 188.000 turistas de lujo que en 1993 se dejaron aquí 32.000 millones de pesetas golfeando y claro, tienen a la Secretaria de Turismo con el culito hecho agua de limón.

A mí el golf ni fú ni fá, aunque imagino que tiene su encanto, es sano, favorece el riego sanguíneo, invita a la meditación y todas esas cosas. Pero salvo en sitios verdes como Asturias, Cantabria y lugares así, o sea, en la mayor parte de este país nuestro de solana y tierra seca, palmito y chumbera, me parece un deporte chorra, un vicio contra natura, un capricho caro de señoritos, aristócratas de pastel y turistas con viruta. El golfeo se lo inventaron los ingleses hace tres siglos, sobre todo porque tenían dónde, o sea, praderas que crecen solas, lluvia y agua para cuidarlas como Dios manda sin retorcer hasta lo inverosímil la naturaleza ni el paisaje. Mientras que en España, por ejemplo, un tercio de los campos de golf están en .Andalucía, zona verde por excelencia donde, como todo el mundo sabe, corre el agua a mantas, en cantidades sólo comparables al morro de ciertos alcaldes y empresarios.

Además está la cosa ecológica, la liquidación de animales y plantas -el topo, ese simpático minero cegato, es el enemigo público número uno de los golfeadores-, el uso de pesticidas y otras guarrerías por el estilo, con nuevas vueltas de tuerca a una naturaleza ya de por sí bastante vapuleada, so pretexto de crear ecosistemas artificiales privilegiados para disfrute exclusivo de quien pueda pagarlos.

Porque esa es otra: el circuito de la clientela de estos clubs suele ser cerrado, autosuficiente, casi endogámico. No necesita uno hablar el idioma local, ni siquiera saber en qué país está. Se sube al avión en Zurich o en Arkansas, aterriza, va al complejo golfero, se pasea de hoyo en hoyo mientras le llevan los palos y le sirven martinis, come y duerme en las lujosas instalaciones del asunto, y no sale de allí más que para tirar de tarjeta oro y decir adiós muy buenas. Cuando lo dice.

A mí, qué quieren que les diga, esos turistas de que tan orgullosos se muestran los promotores locales y los consejeros y secretarios de Turismo, esos visitantes de élite acostumbrados a comprar con dinero paraísos privados artificiales y a despreciar el resto, suelen caerme bastante gordos, por mucho que se dejen aquí la pasta. Van por el mundo sin fijarse más que en su propio ombligo o en la textura del césped, y, lo único que les importa es que el caddie sea servicial -para eso reparten generosas propinas- y que el camarero sea moreno y bajito, para dar el tono meridional cuando les sirve el daiquiri. A lo mejor es cochina envidia, o simplemente que me aburre el golf, pero esos fulanos me caen casi tan gordos como los otros, los promotores y sus compadres. Quienes les riegan la alfombra con esa agua que tantos otros hombres de manos ásperas, honradas, encallecidas por la tierra de este país desgraciado, maldito y con sed, sustituyen cada día con el sudor de su frente.

11 de septiembre de 1994

domingo, 4 de septiembre de 1994

El chulo de la isla


Fue hace diez o doce días, uno de esos domingos en que la costa mediterránea se llena de navegantes y el canal 9 de la radio VHF se convierte en un marujeo marítimo apasionante como un culebrón de la tele; aquí embarcación Maripili, me recibes, cambio, acabo de doblar el cabo de la Nao, Mariano, qué tal por Ibiza, Isla Perdiguera a la escucha, resérveme una paella para las cuatro, me he quedado sin gasoil, Mayday, Mayday, y venga a tirar bengalas de socorro y la suegra y los niños vomitando por barlovento y la Cruz Roja del mar que no da abasto.

Fue un domingo de esos, les decía, y soplaba levante, y unos cuantos barquitos habían buscado el resguardo de cierta isla. La isla es zona militar, con media docena de marineritos que se aburren como ostras y miran a las bañistas de los barcos desde lejos, con prismáticos. Fíjate en la del bikini malva, tío. O aquella otra, la que toma el sol sin la parte de arriba. Qué barbaridad. Y yo aquí, sirviendo a la patria dale que te pego con la Claudia Schiffer del Interviú, cuando el cabo la deja libre. Aborrecida la tengo a la Schiffer, y aún me quedan ocho meses.

El caso es que era un domingo de ésos y una isla de ésas, y uno de los barquitos, una lancha pequeña con señora gorda, el legítimo y tres o cuatro zagales, se acercó mucho a tierra. Y estaba la familia allí, a remojo, cuando hizo de pronto su aparición una zodiac gris de la Armada, llevando a bordo a un marinero de uniforme y a un individuo con bermudas y lacoste. Ignoro la graduación del fulano en atuendo civil, pero su pelo cano y el aire autoritario con que manejaba personalmente los mandos de la lancha, lo situaban de capitán de fragata para arriba. Abona mi sospecha el hecho de que el individuo tuviese otra embarcación fondeada ante la playa, y a la familia tan ricamente instalada en tierra. Y el privilegio de remojarse el culete en ese plan en aguas y playas de la Armada, suele reservarse a gente a quien le pesa la bocamanga.

Total. Que el de las bermudas les dio su bronca a los veraneantes de la lanchita y les dijo que ahuecaran. Y para establecer con claridad de quién eran y de quién no eran aquellas playas y aguas, se despidió con una viril y castrense arrancada que levantó la proa de la zodiac, dándonos una pasada levantando espuma a toda mecha a cuantos presenciábamos, a más o menos distancia, el incidente. Y se fue a seguir disfrutando de su isla privada, con la familia.

Qué quieren que les diga. Posiblemente la cosa ni siquiera merezca estas líneas. Pero aquello de la arrancada final en plan derrape, la fantasmada gratuita de la despedida, el gasto de los ochocientos mil litros de gasolina estatal que aquel flamenco en bermudas derrochó para mostrar sus poderes, me irritó los higadillos. Lástima que fuese a dar con aquella familia de intimidar fácil, que se apresuró a cumplir la perentoria orden, y no con alguien más resabiado o más broncas. Disfruten, en tal caso, imaginando el diálogo. Que se vayan largando, oiga. Que quién es usted para decir que me largue. Que si soy el comodoro Martínez de la Cornamusa. Que nadie lo diría, comodoro, viéndolo a usted así, con esa pinta. Que si un respeto a la Marina. Que de qué Marina me habla, yo sólo veo una zodiac y un tiñalpa en lacoste y calzoncillos. Y en ese plan.

Al arriba firmante le parece muy bien impedir que los veraneantes llenen de papeles pringosos y latas vacías las islas bajo jurisdicción de la Armada. También me da absolutamente igual que los marinos de guerra, y los militares de carrera, y la gente de armas en general, goce en ocasiones de determinados privilegios, como llevarse el domingo a la familia al club de caballería o a la playa reservada a jefes y oficiales. A cambio de eso, después, cuando hay guerra, puede uno exigirles que se hagan escabechar sin escurrir el bulto. Porque los militares están para eso: para que los escabechen defendiendo a quienes les pagan el sueldo, para pintarse de azul el casco mientras ayudan a la pobre gente en Bosnia, para proteger a los pesqueros españoles -que son tan depredadores como ingleses o franceses, pero al fin y al cabo son nuestros depredadores- en la costera del bonito, o para derramar una lágrima arriando la última bandera cuando, tras el pasteleo de costumbre, entreguemos Ceuta y Melilla. Así que, por mí, si mientras tanto quieren bañarse, que se bañen. Lo que pasa es que, en estos tiempos de austeridad, prefiero que me ahorren el número de zodiac. A algunos, las chulerías oficiales nos gustan con nombre, apellidos y graduación, por favor. Y de uniforme.

4 de septiembre de 1994

domingo, 28 de agosto de 1994

El IVA de las lumis


En Suiza, además de vacas, relojes y bancos, hay putas. Hablo en sentido literal, o sea: señoras que viven del comercio carnal en plan hola guapo, son siete mil y la cama aparte. Allí el ejercicio de tan incómodo oficio goza de autorización oficial. Es decir, que yo me llamo Ingrid, por ejemplo, o Mari Pepa, y puedo vivir de mis encantos siempre y cuando tenga la nacionalidad o un permiso de trabajo y pague mis impuestos. Los suizos son muy rigurosos y muy calvinistas, como de piñón fijo; pero en cuanto suena un duro rodando por el suelo se olvidan en el acto de la moral y se ponen dale que te pego a la calculadora. Allí paga impuestos hasta la vaca que ríe.

Soy muy paleto y nunca me he ido de putas en Suiza, pero imagino que con tanta higiene y tanta leche pasteurizada, tiene que parecerse a ligar con un astronauta del proyecto Apolo, todo aséptico y con música ambiental. El intercambio carnal con una lumi suiza, por ejemplo, en plan estricta gobernanta y con aquello del orden y el método, debe de ser como para grabarlo en vídeo. A ver, tiempo número uno. ¿Preparado, caballero? Procedamos. Uno, dos, uno, dos. Bien. A ver, dese la vuelta. Uno, dos, uno, dos. Listo. ¿Cómo que por qué? ¿No está usted viendo el cronómetro?

Convendrán conmigo en que, comparado con una colega española, no hay color. Aquí, como lo del puterío es ilegal y no hay control ninguno, todo es mucho mas humano, más natural e improvisado, en plan hola chato qué tal. Aquí levantas una lumi, por ejemplo, y a lo mejor hasta te da el beso del sueño y te roba la cartera, o llega el chulo y te muele a palos, o resulta que el macró es policía y te saca la pistola y tiene más emoción el asunto. O enganchas un sida que te partes de risa, oyes, no como esos suizo, tan asépticos y tan aburridos, que el último que tuvo un poco de salero en el cuerpo se llamaba Guillermo Tell.

El caso es que el departamento helvético de Hacienda ha decidido que, a partir del año que viene, las lumis que trabajen en Suiza pagarán al Estado su correspondiente IVA. La única excepción que tolera allí el fisco es la referente a cuidados prodigados bajo receta médica, pero a pesar de los esfuerzos de sus representantes ante la administración, las furcias suizas no han conseguido que clasifiquen como terapia social su meritoria labor. Haría falta que los clientes fuesen antes al médico de cabecera; y entonces, claro. Imagínense el diálogo:

-Doctor, noto algo como así. Usted ya me entiende.

-Perfectamente, ¿es usted casado?

-Hace cuarenta años

-Comprendo. Mire, va usted a irse de putas cada ocho horas. Aquí tiene la receta, pillín.

Así que nada, que no. Que las furcias suizas pagarán el IVA como todo hijo de vecino suizo, y santas pascuas; y la que no esté conforme tiene derecho a recurrir ante el tribunal federal. Lo malo es que, tal y como está en España el panorama, con todo organismo oficial loco por echarle mano a un duro, sólo faltaba que cundiera el ejemplo. Es decir, que a nuestro Ministerio de Hacienda le diera por exprimir también esa teta -no sé si captan ustedes el sutil juego de palabras-, Porque ya es raro que, a la caza y captura como se anda aquí del menor pretexto para dar otra vuelta de tuerca e intensificar el expolio, todavía no se le haya ocurrido a nadie cobrarles IVA a las lumis. Cuya actividad, según está el patio, debe de ser la única a la que el Fisco aún no ha hincado el diente.

Así que más vale que los suizos no den ideas, porque ¿se imaginan el panorama? Un ministro muy serio saliendo en el telediario para explicar a base de mucho mire usted y de mucho eufemismo -trabajadoras de la calle, productoras del sexo- y mucho marear la perdiz, que el esfuerzo de solidaridad corresponde a todos los españoles y que si las putas son españolas o hispanohablantes, a pagar tocan. Tras lo cual, las lumis palmarían su correspondiente IVA con todo cristo metiendo el cazo para trincar. Parece que lo estoy viendo: el recaudador jefe que se fuga a Suiza, precisamente, con la pasta recaudada; las chicas en la calle preguntándote si el francés lo quieres con o sin factura, y las autonomías que reclaman su parte mientras el Gobierno no les hace ni puto caso, ocupado como está en gobernar con mano firme el timón de la nave. Y mientras, en el puente aéreo, el director general de Pules de la Generalitat viajando a Madrid para llevarse, por el morro, su quince por ciento.

Calenturitas me dan, sólo de pensarlo.

28 de agosto de 1994

domingo, 21 de agosto de 1994

Jasmina


La mataron hace dos años justos. Era Sarajevo en la época dura, agosto del 92, cuando las bombas en las colas del agua y el pan, con veinte o treinta muertos diarios y centenares de heridos que se amontonaban, sin luz y sin medicamentos, en los pasillos del hospital de Kosovo. Aunque de nombre y origen musulmán, Jasmina era rubia tirando a pelirroja, y tenía pecas en la cara y en los hombros. Un día estábamos Paco Custodio y Miguel de la Fuente, cámaras de TVE, y el arriba firmante sentados contra el muro de una mezquita demolida a bombazos en la plaza Bascarsija, cuando se acercó Jasmina a pedirnos un cigarrillo. Después preguntó quién era el jefe y sugirió que echásemos un polvo.

No había entonces mucha prostitución en Sarajevo, a pesar del hambre y la miseria; la gente se buscaba la vida manteniendo bastante bien su dignidad. Había chicas que ganaban dinero ofreciéndose como intérpretes a los periodistas en el Holiday Inn, y a menudo intercambiaban con ellos algo más que palabras; pero se trataba, a fin de cuentas, de una relación laboral equitativa, poco más o menos. El caso de Jasmina no era frecuente. Y fue justo eso lo que me sorprendió. Conversamos, se comió uno de nuestros paquetes de galletas, se probó mi casco de kevlar y se guardó en el bolso -un enternecedor bolso de plástico, como el de las niñas- el segundo cigarrillo sin encenderlo, igual que había hecho con el anterior.

Entonces me contó su historia en mal italiano una historia que en aquella ciudad fantasma resultaba poco original: veintitrés años, un padre inválido y sin tabaco, la guerra, el hambre. Jasmina no era exactamente una prostituta, sino que se movía un poco de acá para allá, a pesar de los bombardeos -era una experta en intuir la llegada de los morteros serbios-, consiguiendo algo de vez en cuando. Su precio era tan relativo como todo en aquella ciudad y en aquella guerra: una lata de conservas, un paquete de cigarrillos. Nunca dinero. El dinero que Jasmina podía ganar en Sarajevo no valía para nada.

Prometí conseguirle más tabaco para su padre, y por la noche se presentó en el Holiday Inn vestida de negro para eludir a los francotiradores. Le di un paquete de raciones militares y medio cartón de cigarrillos. Por aquellos días aún había a ratos agua corriente en las habitaciones, el único lugar de Sarajevo que gozaba de ese lujo, y me pidió permiso para darse la primera ducha en más de un mes. Subió a mi habitación, se desnudó en ella y se puso bajo el chorro de agua mientras yo me quedaba apoyado en la puerta, porque era un gustazo mirarla. Tenía un cuerpo blanco y hermoso, con pecas en los hombros y la espalda, y unos pechos pesados y firmes. Nadie es de piedra ni santo varón, e ignoro lo que habría ocurrido en otras circunstancias, pero hay cosas que no se pueden hacer, lujos que uno no debe permitirse a cambio de medio cartón de cigarrillos y una ración de comida. Así que cuando salió de la ducha regresamos abajo, al bar del hotel, y nos bebimos doscientos coñacs con Miguel y Custodio a la luz de una vela mientras los serbios sacudían fuerte, afuera. Después, con su medio cartón y su ración de comida, Jasmina nos dio un beso y se largó corriendo, entre las sombras.

Aún nos la encontramos por la ciudad un par de veces, y siempre le dábamos cigarrillos. Y un día de esos con muchos muertos nos fuimos, como cada vez, a filmar la colecta diaria en la morgue del hospital de Kosovo, y entonces Miguel, que estaba con la cámara al hombro filmando muertos para el telediario de las tres, se vino hacia mí y dijo: echa un vistazo a ver si la conoces. Y eché un vistazo y, en efecto, la conocía. Jasmina estaba en la trasera de un Volkswagen Golf, con un vestido de domingo y su bolsito de plástico y las piernas desnudas colgando sobre el parachoques trasero, con una costra de sangre seca a un lado de la cara, mucho más pálida que bajo la ducha de mi habitación del Holiday Inn. Y tenía los ojos abiertos y ya no sonreía ni volvería a hacerlo nunca.

Miguel, creo, tiene una foto en que estamos ella y yo, y lleva puesto mi casco. Y Miguel se ofreció a regalarme esa foto, pero le dije que se la guardase, gracias, la foto de Jasmina con mi casco puesto. Y hoy he visto en la tele a un ministro español de Exteriores que se llama Javier Solana diciendo que lo de Ruanda es intolerable. Recuerdo que, cuando lo de Jasmina, también oí decir al mismo fulano que aquello era intolerable. A mí, quienes me parecen intolerables son los bocazas sonrientes que llevan tres años autojustificando su impotencia con tan escasa vergüenza. Pero a lo mejor es que yo vi ducharse a Jasmina y ellos no.

21 de agosto de 1994

domingo, 14 de agosto de 1994

Incendiarios de cuello blanco


Hablábamos la semana pasada de cómo entre unos y otros, individuos de paella incontrolada y mercenarios de la caja de cerillas siguen cargándose los pocos árboles que nos quedan. Ambos fulanos, el cretino de la paella y el judas de las cerillas, son capturables por la Guardia Civil y pagan poco, pero algo pagan. Existe, sin embargo, un tercer tipo de asesino de árboles y de espacios verdes que actúa con impunidad y al que nadie nunca le mete mano. Es el incendiario sin llama. El deforestador de cuello blanco.

Ese tipo de alimaña verdicida suele anidar en concejalías de urbanismo, departamentos de obras públicas y guaridas por el estilo. No es que por instinto odie el color verde, porque en realidad le da lo mismo el verde que el fucsia. Sus móviles son la ambición, por ejemplo, o el afán de pasar a la posteridad como los faraones, con obras imperecederas, y que los jefes le digan qué bueno lo tuyo, Manolo, te has olvidado los árboles pero el parque Juan Carlos I para la infancia y la juventud te ha quedado chachi, con sus bancos y sus columpios. También tienen que ver en el asunto, imagino, la falta de cultura general y de sensibilidad hacia el medio ambiente, o sea, el analfabetismo ecológico. Y a veces un amigo arquitecto, un cuñado constructor y muy poca vergüenza.

No voy a citar casos concretos porque es agosto, tengo a mi abogada de vacaciones y en esta época las querellas me dan mucha pereza. Pero si echan ustedes un vistazo alrededor sabrán a qué me refiero. En las ciudades, por ejemplo, la desaparición de árboles so pretexto de modernización y renovación resulta tan habitual que a nadie sorprende lo más mínimo, y los ciudadanos terminan encogiéndose de hombros, resignados. Peor es lo de Roldan, se dicen. Y procuran pensar en otra cosa.

Verbigracia. Imaginen una plaza de esas de toda la vida, vieja, cochambrosa incluso, pero con una docena de árboles centenarios y frondosos a cuya sombra se han sentado generaciones de vecinos, De pronto llega un concejal de urbanismo, por ejemplo, y decide acometer la reforma del asunto. Hasta ahí, vale. Se encargan unos proyectos y unos planos estupendos, se publican en la prensa local y se anuncia a bombo y platillo que la plaza Héroes de Suresnes va a ser remodelada y a convertirse en el asombro de propios y extraños. Y qué pasa con los árboles, pregunta un periodista. Los árboles, se responde con una sonrisa de suficiencia, están previstos. En una primera fase se retirarán todos; algunos, demasiado viejos y atacados por la filoxera del sauce llorón, serán sustituidos por araucarias brasileñas, que son la leche. Los otros, los sanos, serán conservados en depósitos especiales y después vueltos a plantar con un sistema estanco, buenísimo, revolucionario, japonés. Y empiezan las obras. Los árboles se hacen astillas, la plaza se pone patas arriba, y de pronto, cuando ya no hay remedio, alguien descubre, oh prodigio, que el aparcamiento previsto bajo la plaza no permite, por razones técnicas de última hora, replantar los árboles, porque éstos necesitan tierra para las raíces y, claro, puestos a elegir entre tierra o automóviles, ya me irá usted a contar. Y además, los árboles y las raíces y la tierra no producen beneficios, y las concesiones de aparcamientos, sí. Así que en vez de árboles vamos a poner unas estructuras de cemento así, para que den sombra y la gente pueda expresar en ellas sus inquietudes culturales pintando con spray y rotulador. Y en mitad de la plaza vamos a poner un monumento a la Constitución, a ver si alguien tiene huevos para protestar.

Eso, en cuanto a la cosa urbana. Sobre carreteras voy a ponerles sólo un ejemplo. Desde toda la vida, el trayecto de Murcia a Cartagena discurrió por una recta avenida de varias decenas de kilómetros flanqueada por una doble y hermosa línea continua de árboles cuyas copas, a menudo, se tocaban sobre el asfalto. Hace tres o cuatro años, al efectuarse las obras de modernización de la carretera, todos los árboles -absolutamente todos, o sea, miles-fueron arrancados, y ni siquiera se respetaron los que podían haber permanecido a lo largo del andén central de la nueva autovía. Más tarde, tomando una copa informal con un capitoste -que lo sigue siendo- del Ministerio de Obras Públicas, Transportes y Medio Ambiente, planteé la cuestión.

-Los árboles son peligrosos para los automóviles- dijo.

Y me miraba asombrado, como si aquello fuese evidente y yo un perfecto gilipollas.

14 de agosto de 1994