domingo, 29 de septiembre de 1996

La mirada de un perro

No suelo comentar las cartas de los lectores. Creo haber dicho alguna vez que, si uno se reserva el derecho de disparar contra cuanto se le tercia, también el prójimo debe ejercer la facultad de mentarle a uno sus muertos más frescos. Son las reglas del juego, y de nada valdría apuntar que éste o aquel lector no han entendido lo que pretendía decir, entre otras cosas porque, salvo en casos de auténtico encefalograma plano, lo que el arriba firmante teclea cada domingo lo puede entender todo cristo. Otra cosa es que estemos o no de acuerdo; pero si el suprascrito -o sea, yo- pretendiera estar de acuerdo con todos ustedes, o conseguir ese acuerdo convenciéndolos de algo, me dedicaría a sonreirles todo el rato con la cara que pone, por ejemplo, mi admirado Javier Solana. Que por cierto ahí sigue, emboscado y sin hacer olas, de secretario general de la OTAN, con un par de huevos. Pero yo no tengo la cara de Javier Solana, y ese tipo de sonrisa se me da fatal. Me salen patas de gallo.

Toda esta introducción, o proemio, viene al hilo de unas cartas. Una, que sólo cito de pasada, merece el acuse de recibo porque, escrita en gallego -con faltas de ortografía, rapaz, lo siento-, rubrica en letras mayúsculas, en lugar de firma, que nosotros los fascistas somos los terroristas. Revelación y plural que me han hecho caer del caballo y ver la luz, hasta el punto de que, de no ser porque El Semanal suprimió hace unos meses los títulos de sus secciones de opinión, en vez de A sangre fría rebautizaría ésta A fascio frío. De cualquier modo tomo nota, y la próxima vez que viaje a las colonias a ejercer la represión centralista dando una conferencia o presentando un libro, lo haré con mucho más remordimiento de conciencia.

En cuanto a las otras cartas, en las dos últimas semanas he recibido varios kilos lamentando el escaso aprecio que hago de la vida humana, que es sagrada, inalienable, intocable y respetable. Y, bueno. Consignado lo dejo, para que conste. Pero, ¿saben?, durante mucho tiempo anduve por sitios donde la vida humana, con todo su golpe de sagrada, necesaria y trascendente, importaba literalmente un carajo. Y no sé; cuando se ha ido, por ejemplo, cada día durante meses a la morgue de Sarajevo durante los bombardeos serbios, a fin de darles a ustedes la oportunidad de hacer zapping entre Lo Que Necesitas Es Saber Dónde y el Telediario, pues en fin. Eso de que somos tal, y somos cual, y somos tan importantes y trascendentes no se ve tan claro como a este lado de la barrera. Una vez -5 de abril de 1977-, estuve en una colina de un lugar llamado Tessenei donde había, así, a ojo, doscientos o trescientos muertos en diversas posturas y estados; y hasta horas antes algunos de ellos habían sido amigos míos. No sé si todos ustedes han visto doscientos o trescientos muertos juntos; pero les aseguro que, bueno. Después llegas a Madrid y ves a un fulano sacando pecho con el Bemeuve, y la rubia que pisa fuerte, y el del teléfono móvil ordenándole a su agente de San Francisco comprar acciones de la Gil Company, o a mi amiga Catalina que vive en las montañas diciendo que toda vida es sagrada, y claro. Te descojonas de risa.

Ignoro el número de Hitlercitos en potencia de quienes la Humanidad se salva gracias al índice anual de abortos en el mundo. No sé cómo se aplica el porcentaje de hijos de puta y de personas decentes a los índices de natalidad; si vamos al cincuenta y el cincuenta por ciento, el diez y el noventa, o lo que diablos sea. Lo único que sé, fijo, es que el azar tiene muy mala leche y muchas ganas de broma, que la existencia del género humano tiene de sagrado lo que yo de vocación budista, y que ayer un amigo mío mató a su perro. Que después de trece años juntos, hecho polvo e inválido de las patas traseras, le cogió la cabeza entre las manos, y el viejo labrador estuvo moviendo el rabo y mirándolo a los ojos hasta el final, llevándose su cara, su sonrisa y sus cinco litros de lágrimas como última imagen de esta vida. ¿y saben lo que les digo?... Podría desaparecer la Humanidad entera. Podrían diezmarnos las catástrofes y las guerras y caer chuzos de punta e irnos todos a tomar por saco, y el planeta Tierra no perdería gran cosa. Al contrario: ganaría en armonía natural y en alivio. Pero cada vez que desaparece un animal silencioso, bueno y leal como era el perro de mi amigo, este mundo de mierda resulta menos generoso, menos habitable y menos noble.

29 de septiembre de 1996

domingo, 22 de septiembre de 1996

La guerra de Gila

Hoy voy a contarles una batallita del abuelo Cebolleta. Tengo un amigo que es coronel de los ejércitos, y de la guerra, y de ese tipo de cosas. Y el otro día, tomándonos un café, se puso a contarme con detalle unas maniobras que tuvieron lugar en Alemania las navidades pasadas. El asunto se refería a la OTAN, y allá fueron, en tren militar especial, nuestros jefes, oficiales y tropa, con sus tanques y sus Cetmes y sus pistolas y toda la parafernalia bélica, a participar en el esfuerzo común de la defensa de Occidente frente a las hordas. El tipo de hordas, a estas alturas de la cosa rusa antes bolchevique y ahora putiferio absoluto, con el Pacto de Varsovia hecho una merienda de negros de color, no estaba claro. Pero lo que sí es seguro es que nuestras tropas estuvieron allí maniobrando para defender lo que sea, hablando en inglés, supongo, con los colegas uniformados alemanes, franceses, norteamericanos y demás. Tango Zulú, me recibe. Over. Después intercambiaron teléfonos y cada mochuelo a su olivo, o sea, a su tren y a casa a comerse el turrón, cantando nuestros felices soldados siempre cantan cuando viajan eso de para ser conductor de primera, acelera, acelera. Y ahí la diñaste, Burlancaster. Los franceses, o sea, los sindicatos gabachos de la cosa ferroviaria, estaban en huelga. Y con esa mala leche que se gastan los alonsanfán, y esa natural inclinación a hacer que quienes tienen la desgracia de transitar por su suelo patrio paguen siempre el pato de sus problemas y malhumores lecheros, agrícolas, ganaderos o ferroviarios, al marcial convoy erizado de tanques y cañones lo pusieron en una vía muerta y le dijeron ahí te quedas hasta Epifanía, colega, como lo ves. Y érase de ver, cuenta mi amigo el miles gloriosus, a los comandantes y coroneles con la boina y la pistola y el camuflaje, que venían de comerse a las presuntas hordas sin pelar ni nada, blasfemando en arameo al pie de los vagones, en las vías, con los sindicalistas franchutes pasando mucho de ellos y, encima, teniendo que ir al bar de la estación para cambiar y tener francos en monedas, a fin de telefonear desde las cabinas públicas al Alto Estado Mayor y decir, antes que se cortara la comunicación, oiga, mi general, aquí estos hijoputas nos tienen secuestrados, y nos van a dar las uvas. Y les dieron.

-¿Te imaginas dijo mi amigo el de las medallas lo que nos habría pasado en una guerra de verdad?

Lo imaginé, y me dieron sudores fríos. Intenten ustedes imaginar también el escenario, a ver si les salen las mismas cuentas. El narcoterrorismo coqueteando con las costas atlánticas. El Mediterráneo echando chispas. Los integristas dando la vara en Egipto y en Turquía. Argelia en plena escabechina. Marruecos jugando con Ceuta y Melilla como el gato con el ratón. Todo el continente africano loco por salir corriendo de sí mismo y meterse en una Europa rica y egoísta de la que España es cabeza de playa. Y mientras tanto, nuestros estrategas hablando del enemigo potencial en Centroeuropa; y la Brunete, y los tanques y las tropas de élite, o de lo que sean, de maniobras en la Selva Negra bajo mando unificado del Pentágono para defender a Occidente del peligro del Este, o sea, de Yeltsin cuando se pone hasta las patas de vodka, de los chechenos y de los mafiosos que ahora blanquean dinero en la Costa del Sol. Y puestos a imaginar, imagínense también que mientras tanto, un día, el moro Muza y su primo Tarik se despiertan otra vez con el cuerpo islámico, Al lah ilah lah ua Muhamad rasul Al lah, y se montan en la bahía de Algeciras, por el morro, el desembarco de Normandía con pateras. Como cuando el Guadalete, pero esta vez bajo la cobertura de los satélites norteamericanos y los F18 que Washington les vende más baratos que a nosotros. Y esos rifeños bajando del Gurugú. Y Melilla en plan Dunkerque. Y el ministro de Defensa diciendo ni OTAN ni leches, que vuelvan todos inmediatamente a ver si llegamos a tiempo de salvar Córdoba. Y a todo esto, nuestros tanques y nuestros cañones y nuestra fiel infantería, bloqueados en el cruce ferroviario de Chatelet sur Mame, con los gabachos volcándoles camiones de hortalizas en la vía, y los comandantes y los coroneles con su boina y su camuflaje y sus diplomas de la OTAN, a paso legionario, buscando como locos calderilla para llamar por teléfono. Virgen santa.

22 de septiembre de 1996

domingo, 15 de septiembre de 1996

El acento de la fé

El domingo pasado terminaba mi panfleto hablándoles de la fe descafeinada, y lamentando que los mismos académicos que consagraron el leísmo y otras canalladas anularan el hermoso acento que le daba consistencia. A fin de cuentas, uno aprendió a leer con venerables ediciones de caballeros que se llamaban Galdós y Quevedo, entre otros. Y la fe, o fé, tanto la que no tiene el buscón don Pablos como la que sostiene a Gabriel Araceli en Trafalgar o acuchillando franceses, figuraba allí rigurosamente acentuada. Y como algunos, a fin de cuentas, somos la media docena de libros que leímos en nuestra juventud, mi fé, sea del género que sea, lleva un acento como la ceja de Indurain. Es frecuente en la España de los últimos tiempos oponer casticismo a europeísmo, como reacción a este ambiente de puticlub que estamos propiciando entre unos y otros. Y eso supone una simplificación peligrosa. Porque hay un casticismo artificial, de pastel que puede incluir desde los Del Río y su Macarena hasta la engominada Mallorca del mes de agosto, la ruta del bakalao, o los nenes encapuchados molotovizando cada fiesta de pueblo, y otro más profundo, más digno de detenerse un poco en él, que a veces puede simbolizarse en un simple acento.

En este país, como escribió Américo Castro, no hubo nunca pensamiento, sino creencias. Desde casi siempre, los españoles no hemos construido nuestro espacio actual de convivencia sentándonos a meditar, sino en la acción movida por una fe u otra. Aunque a menudo esa palabra, fe, haya servido como eufemismo de obsesión, revancha, ambición y locura. Aquí, a diferencia de los otros países europeos que imagino que justamente por eso siempre nos jodieron con tan manifiesta eficacia, nunca nadie se ha sentido miembro de una colectividad nacional, cuya marcha depende de lo que haga en plan hormiguita el conjunto de sus individuos. Inglaterra, Alemania, Holanda, se formaron sobre intereses de negociantes y provechosa moral luterana. Italia, sobre su vieja sabiduría comercial, mundana y su propia falta de espíritu nacional. Francia, en tomo a unos reyes autoritarios y centralistas sin el menor escrúpulo, habilísimos en manejar a Dios. Mientras que la España del siglo VIII en adelante, obligada a encomendarse al apóstol Santiago para no ser ni musulmana ni francesa, no tuvo más remedio que recurrir a la agresión y a las creencias heroicas, a acogotar moros y gabachos en Las Navas y en Roncesvalles, para mantenerse violenta, orgullosa y libre. Aquí nos hicimos a la contra. Por eso no hubo Renacimiento como en Italia, ni bailes cortesanos como en Francia, y no hubo poesía amorosa medieval porque esa mariconada se dejaba para los califas de Córdoba.

Suena terrible, sí. Pero es nuestra Historia. Es justo lo que tuvimos, y no hubo más. Mientras los filósofos europeos ideaban cómodas utopías, españoles casi analfabetos salpicaban el mundo con su sangre por materializar sus ambiciones, sus odios y sus sueños; y en los intervalos solíamos volvernos contra nosotros mismos. Por eso nuestra historia se basó en la espada. En ella ciframos nuestra existencia y quimeras; y cuando el acero se oxidó empezaron a darnos por la retambufa. España, Portugal, Iberoamérica, no son sino una larga historia de fes, con acento, imposibles. De esperanzas traicionadas y sueños rotos.

Ahí está la paradoja, y ése es justo el problema. Con el acento de esa fé en líderes, ideas, venganzas o tesoros de El Dorado, los españoles llenamos las mejores y también las más horribles a menudo fueron las mismas páginas de nuestra historia. Y por ellas pagamos un altísimo precio. Pero el español ya no cree. Ni sueña. Como mucho, ajusta cuentas con el vecino por cuestiones de pesetas, se da de palos por un trasvase de agua para regadío, vuelca el vómito de su bilis en el cobarde tiro en la nuca, o manipula a los deficientes mentales para que apaleen ancianos y quemen autobuses, llamándolos heroicos gudaris. Nos hemos vuelto unos mierdecitas de andar por casa; tan vulgares y ordinarios como cualquiera de aquellos a quienes antaño degollamos para ser diferentes. ¿Nos imaginan ustedes ahora echándonos a la calle para defender una monarquía, una república, un modo de vida o tan siquiera nuestra propia libertad?... Hace poco más de medio siglo aún éramos capaces de ello; ahora lo seguiríamos por la tele, zapeando entre Melrose Place, Jesús Puente y los Vigilantes de la Playa.

15 de septiembre de 1996

domingo, 8 de septiembre de 1996

Una de calamares

Además de gallego, guapo y más buena gente que el pan bendito, Manuel Rivas es un fulano que domina el arte de juntar letras con una precisión y una belleza asombrosas. Estos días pasados, su libro de relatos "¿Qué me quieres, amor?" me acompañó durante un par de húmedas singladuras mediterráneas con su dureza, su soledad, su humor y su ternura infinitas (en esas páginas me refugiaba, como consuelo, cuando me quedaba ronco de jurar en arameo en la dirección aproximada del horizonte donde, según el compás de a bordo, debía encontrarse tierra firme, y en ella el servicio de predicción meteorológica de Telefónica, Teletiempo, que sigue funcionando con la precisión de una casa de putas). Y lo que son las coincidencias: apenas eché pie a tierra y abrí el primer periódico, encontré una columna de Manuel Rivas en un diario nacional. Bueno, nacional o como diablos se diga ahora. Un diario de aquí. O sea. Español, me atrevería a decir. Supongo.

Pero a lo que iba. En su columna, Rivas se choteaba del programa electoral del candidato a la presidencia gringa Bob Dole -«Dios, familia, honor, deber, patria»- y remataba la cosa con un par de reflexiones sobre el In God we trust que viene escrito en los dólares, y sobre el hecho de que aquel sea el único país del mundo que en su pasta, dinero o jurdós, invoca a Dios. Pero lo que me encantó del asunto fue el modo con que Rivas enriquecía el programa del amigo Dole, añadiéndole un ingrediente más a la macedonia: «Dios, familia, honor, deber, patria... ¡y una de calamares!».

Manuel Rivas es gallego, del finibusterre según se va al fondo a mano izquierda, y sabe mucho, por memoria y por genes, de nieblas, de sueños, y de que le den mucho a uno por el saco precisamente con el pretexto de Dios, de la familia, del honor, del deber y de la patria. El arriba firmante -o sea, yo- pasó veintiún años de su vida trabajando en sitios donde la gente solía llevar escopeta y, además, siempre tenían a Dios y el resto de la parafernalia en mitad de la boca. Una vez, de jovencito, entré en un sitio del que ya nadie se acuerda pero que entonces se llamaba Taal Zaatar, con unos prójimos que llevaban sagrados corazones y estampas de la Virgen pegadas en las culatas de los Kalashnikov, y me puse ciego a hacer afotos de mujeres muertas con sus niños en el suelo. Afotos con las que, por cierto, gané una pasta, y luego Paco Cercadillo, que era mi redactor-jefe, publicó en primera página del diario Pueblo. Después, docenas de veces, cambiaron las estampas de las culatas, y los matarifes junto a los que me gané el jornal llevaban cintas verdes del Islam, rosarios benditos por el archipámpano de Managua o de Buenos Aires, cruces ortodoxas del patriarca serbio, dispensas del Dalai Lama, bulas del Gran Mufti o de la madre que lo parió. A veces estuve con los verdugos y otras con los que corrían con el gasto; y a menudo los vi intercambiar papeles con las mismas letanías, alabado sea el Santísimo o Al-lah Ajbar, sin caérseles de la boca. Así que conozco bien la copla. Resulta asombrosa la cantidad de hijos de puta que dicen tener a Dios de su parte.

Pero eso no ocurre sólo en el terreno del pumba-pumba. También en sitios de menos chundarata los proceres ilustres y los salvadores de la patria, del honor, de la familia o de lo que sea, se bordan a Dios en la bandera, en la camiseta y donde haga falta, llenándose la boca con toda esa palabrería hueca, con toda esa mierda infame en la que ellos mismos transforman conceptos que, en otro tiempo, buenas y crédulas gentes dieron por buenos hasta el punto de trabajar, rezar, luchar y morir por ellos. Lo turbio del asunto no reside en esos conceptos, que siguen siendo válidos y necesarios; sino en el uso bastardo que de ellos se ha hecho siempre hasta convertirlos en moneda electoral, en trampa para atrapar a la gente de buena fe. Esa fe que, como si de un símbolo se tratara, por perder ha perdido hasta el acento en la e que le ponían nuestros mayores -cada vez que acentúo hay algún corrector que elimina la tilde- y que ahora, de tanto abusar de ella y andar en manos de academias y de gentuza -palabras que no siempre son sinónimos-, ha llegado a perder, como tantas otras, el sentido decoroso, legítimo, que quizá tuvo una vez. Por eso, cuando a estas alturas le vienen con la consabida murga, la generación de Manuel Rivas grita: ¡Y una de calamares! Y es que nos han jodido mayo, con tantas flores.

8 de septiembre de 1996

domingo, 1 de septiembre de 1996

El hombre de puerta oscura

El otro día vi una foto de Paco Rabal en un periódico y me quedé un rato largo mirando ese careto impagable de abuelo duro, masculino, devastado por el tiempo y por la vida, con más cicatrices que el lomo de Moby Dick. La foto era muda, claro, y faltaba esa voz ronca, quebrada igual que Cascajo, que Imanol Arias, cuando se toma un par de orujos después de la cena, imita como nadie. Así que para oír la voz, fui donde guardo los vídeos y allí, entre Misión de audaces, de John Ford, y Los siete samurais de Kurosawa, estaba Amanecer en Puerta Oscura, aquella historia que rodó José María Forqué en 1957. Y allí salió Paco Rabal de bandolero Juan Cuenca, asaltando el colmao de un pueblo de Ronda, y al final, en la inolvidable secuencia del indulto, encarándose al Cristo para gritarle: «Te has equivocao Jesús. Yo tengo las manos manchadas de sangre. Te has equivocao». Después, todavía con la carne de gallina, puse la primera cinta de Juncal, aquella serie de Armiñán para la tele. Y aunque ya la he visto treinta veces, me quedé enganchado de nuevo, como un pazguato, con mi viejo paisano encarnando a José Álvarez, Juncal, que es un torero / más artista que Belmonte / más valiente que Espartero. El papel más extraordinario que Paco Rabal ha interpretado en su dilatada y fértil vida. Cómo me gusta la cara ele ese fulano. Su voz quebrada, sus ojos, sus maneras. Ese tajo en la nariz que parece chirlo de navaja, y uno asocia, sin quererlo, a bronca de sudor y vino y cachicuernas en el Café de la Puñalá, a copia y guitarra, a calaveras de plomo de Guardia Civil caminera. A España de camisa blanca y traje de pana los domingos, a republicano en Argeles, a legionario en Tauima, a truhán en la estación de Atocha, a maquis cruzando la muga con un metro de nieve y un chusco de pan en el zurrón. A actriz sueca a la que le dan las suyas y las de un bombero en la roulotte, entre dos tomas del rodaje de una película de Samuel Bronston. A noches de humo de cigarros, conversación, recuerdos, confidencias, vida. Un día, y espero que tarde mucho, ese viejo jabalí lleno de cicatrices palmará, como palmaremos todos; y ese mundo que lleva en los ojos y en la mamona se irá con él para siempre. Y entonces perderemos el culo para sacarlo en telediarios, y en las revistas, y en hacerle homenajes póstumos que a él, a esas alturas de la feria, se la van a traer ya bastante floja.

No hay mayor homenaje que sentarse a su lado y escuchar. Y más en este país donde somos cada vez más huérfanos, y apenas queda gente a la que llamar todavía maestro. En otros lugares, la gente envejece protegida por el respeto que inspiran su vida y su experiencia. Compartas o no sus puntos de vista, amigos o enemigos, esos viejos mitos son referencias necesarias, derroteros, libros de faros, avisos a los navegantes. Aquí, en esta España suicida, ingrata y sin memoria, nos estamos quedando sin referencias culturales. Cada vez que desaparece uno de nuestros mayores es como cuando se quema un museo o una biblioteca: un pedazo irrecuperable de nuestra historia y nuestra mamona desaparece con ellos, para siempre. En este país de cultura de diseño, de actores, y actrices kleenex, que duran tres o cuatro películas y desaparecen sin haber interpretado de verdad nada en su puñetera vida, y donde basta una portada en El Semanal para poner de moda a una niña que pasaba por la calle y el productor la vio beberse con extraordinario talento una cerveza, llegas a viejo con el curriculum de Paco Rabal, de Fernando Fernán Gómez, de Torrente Ballester, Delibes o algún otro de nuestros últimos y maravillosos dinosaurios, será imposible dentro de diez o doce años. Estamos asistiendo al ocaso de los últimos grandes monstruos de la cultura española, mientras vienen los gringos a darnos por saco a todos. Qué pena que a mi sobrino —gracias a Dios todavía se llama Pepe, y no Jimmy ni Vanesso le suenen más Leonardo di Caprio y Pamela Anderson que Paco Rabal o Concha Velasco. Qué tristeza que los jóvenes no aprovechen, no acudan a ellos para conversar, para disfrutar, para aprender, antes de que esos personajes maravillosos y sabios se vayan apagando uno tras otro, para siempre. Pero ahora los niñatos —Kronen— prodigio ya debutan de estrellas, y se inician a muy temprana edad en la trampa de creer que uno lo sabe todo sin necesidad de preguntar a quienes saben.

Perdónalos. Paco, paisano, Juncal, maestro. Porque no saben lo que hacen.

1 de septiembre de 1996